domingo, 23 de abril de 2017

Que alguna vez fue feliz.

Anselmo vivió varias vidas en una sola. Como todos, como cualquiera, alguna vez fue un hombre feliz, y muchas otras fue el más miserable sobre la faz de la Tierra. Alguna vez, Anselmo fue músico. También amó, supo amar. Ya no. Anselmo fue amado, aún sin saberlo. Alguna vez, hasta eligió ignorar. Aún así, Anselmo nunca rompió ningún corazón.

Anselmo hoy teme. Tiene miedo de ser sorprendido en plena noche por su propio pasado. Tiene miedo de que esa vieja felicidad vuelva para atormentarlo. Tiene miedo de que ese viejo amor lo abrace con fuerza y lo haga sufrir. Anselmo sabe que nunca más podrá volver a amar así. Por nada sufre más que por esa razón.

Anselmo sufre cuando recuerda. Sufre cuando recuerda que alguna vez fue feliz.

viernes, 29 de julio de 2016

Sólo en el puerto florece el desamor

Fines de julio. Deben haber pasado por lo menos nueve meses desde que Anselmo dejó de sentir el amor. No ese amor idílico, agradable, placentero. El amor que siente Anselmo siempre es ese que conlleva angustia, dolor, soledad. El que procura no revelarse, en un acto de entereza y distinción que sólo le permite obtener la desdicha propia de quien sufre a escondidas.

Y ahora, en silencio, ante el entusiasmo ajeno sobre quien Anselmo ama, preso de su altura y decidido a no ceder en su pulsión por amar en secreto, escucha a su vecino confesarle su amor por la susodicha. Si hubiera un Dios, así no lo querría. O será tan bicho de disfrutar sembrando encono y distancia en aquellas cosas que tienden a transitar juntas.

El vecino de Anselmo vive, como él, en un viejo galpón de madera en el puerto. En verano hace ese calor soporífero que apenas deja respirar. El hedor pestilente de los restos de pescado pudriéndose debajo del muelle invade sus cuartos, que a la vez cumplen funciones de comedores, cocinas y salas de estar. En invierno, sufren con el frío húmedo que cala los huesos y despeja el olor, pero que no deja dormir porque los pies tiritan mientras la luna se esconde.

El vecino es también, si se quiere, el único amigo. Así deben pensarlo los dos, conscientes de que aquel con el que uno bebe más de un vaso de vino, durante varias noches seguidas y en seguidillas de vez en cuando, es socio de su destino, pendiente de cuanto ocurra con el que termina siendo no menos que el único compañero en esa larga y constante espera de la muerte.

-¿Y para qué es todo esto?- se pregunta Anselmo al recostarse en la noche fría envuelto en frazadas raídas. Mira los troncos que sostienen el techo de madera, a la merced de la próxima tormenta. Y suspira hondo, ruidoso, casi resoplando. Hasta los peces muertos deben notar su hastío. Duele. El corazón duele. Pero no hay más que hacer cuando se elige ese modo de transitar la vida.

Tendrá que soportar que el vecino, ese al que le supo conferir sus mayores secretos, duerma abrazado por la mujer que él ama y desea. Y no sufra el frío. Quizá por ver y llevar la vida de otra manera. Quizá por alguna otra razón. Quién sabe.

viernes, 10 de junio de 2016

De nobleza está hecha el alma

De ciertos materiales se dice que son nobles. La madera, el hierro. Anselmo nunca supo a ciencia cierta por qué. Aún así, es una de esas cosas que se entienden más por sensaciones que por la razón. Es esa sensación la que permite que Anselmo viva con entereza.

Anselmo se siente en falso, y hasta pierde entusiasmo al respirar cuando no se topa con algo de nobleza en el transcurso de su vida. Será por eso que merman las pulsiones vitales de Anselmo a medida que pasa el tiempo. Mientras la nobleza se rompe, se corrompe y se pierde alrededor suyo, las sensaciones de Alselmo se pierden.

¿Qué puede ser de un hombre sin sensaciones? No es nada un tipo que no siente. A medida que la razón avanza sobre la sensibilidad, nada se puede rescatar de Anselmo. Quizá por eso Anselmo ya no escribe. Anselmo ya no canta. De Anselmo no se escucha más música.

Hoy, el Anselmo que otrora fue hombre sensible, más parece refutador de leyendas. Ese Anselmo, condenado por la mecánica de una sobrevida rutinaria, nada tiene por hacer. Si algo de alma quedara dentro de Anselmo, quizá estas fueran sus palabras de despedida.

Pero un hombre nunca puede rendirse, siquiera en su faceta más nostálgica.
Será por eso que cuando amanezca por la mañana, quizá Anselmo aún respire.

Y así pasen los meses.
Y así pasen los años.
Y así pase su vida.

Anselmito.

miércoles, 21 de octubre de 2015

El que todo lo puede

Cuando dijo que sí, ya sabía que no iba a poder cumplir.

Invadido por la incontenible ansiedad de cumplir con sus propias promesas, Anselmo cree que puede.
Pero no.


Y ahí está Anselmo. Sólo y sin poder.

martes, 20 de octubre de 2015

Una sombra

-Anselmo- se escucha. Lo están llamando.
-Anselmo!- insiste la flaca alta, rubia y desgarbada. 

Anselmo no aparece. Está sumergido en las profundidades de la incertidumbre. Bajó la intensidad y lo tapó la angustia. Trinan sus sentidos mientras sigue en pie. 

Son pocas las razones que justifican su supervivencia. Una de ellas es la terquedad, la tosudez propia del necio que aún después de una y otra y otra decepción y otro fracaso, cree que alcanzará un destino que no existirá jamás.

La rubia supo confundir sus más emocionantes esfuerzos con meros actos de determinación natural. Y no. A Anselmo se le iba la vida. De haberlo sabido, quizá ella hubiera notado cómo, poco a poco, de Anselmo sólo iba quedando una sombra.

-Anselmo- repite. Anselmo ya nunca responderá.

martes, 10 de febrero de 2015

Mafaldita, ¿dónde estás?

Anselmo mira por encima del hombro y ve los libros. Todos esos libros que quisiera haber leído pero no tiene ganas de leer. Mira las fotos de éste, aquel y ese otro encuentro, en el que sus conocidos, amigos, no tan amigos, y hasta enemigos sonríen con sinceridad. Fotos en las que quiere estar, pero que duda si hubiera soportado.

Anselmo está preocupado. Una vez, una morocha lo bautizó Felipe, por su parecido con el personaje.

-Entonces a vos te tengo que llamar Mafalda- sonrió Anselmo.

Ella, pícara, no lo soltaba, no lo dejaba ir. Le daba vueltas alrededor, lo seguía, lo llamaba. Le proponía encuentros, salidas, diferencias.

-Yo te voy a enseñar a vivir- le llegó a prometer.

En otra oportunidad, no mucho tiempo después, lo miró fijo, seria. Y soltó la bomba.

-¿Vos sabés que yo tengo novio? Espero no malinterpretarte, y ojalá me esté equivocando. Pero quiero dejarte claro que no me interesa tener nada con vos que no sea esta linda amistad.

Pobre Anselmo. Soltó una carcajada, se hizo el sota y sonrió. Quizá sus ojos fueran más sinceros que su boca. Por dentro estaba destrozado. Pero lo más feo fue que al tiempo lo empezó a llamar menos. Se empezó a aburrir de sus encuentros. Cada vez la seriedad asaltaba más sus conversaciones.

Un día lo dejó de llamar. Pero lo que es peor: nunca le enseñó a vivir.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Anselmo, Cuero y Floreal Ruiz

El silencio de la noche se interrumpe por una breve queja. Parece el sonido de un vinilo húmedo de Floreal Ruiz. Pero no es más que el gemir angustioso de Cuero, el gato viejo de Anselmo. La tibieza de su cuerpo resguarda los pies de aquel pobre y triste nostálgico. Y mientras, sufre. El gato sufre. Quizá sea por ese sexto o séptimo sentido de los felinos. Quizá sea por eso que Cuero entiende por qué Anselmo no ha vuelto a sonreir.

martes, 18 de noviembre de 2014

"Aquel otoño", o "Cómo un gato viejo desenmascaró la falsedad del hombre"

"Un día habrá que ordenar ese viejo baúl apolillado", pensó Anselmo. Como el hombre que está sólo y espera, aguardaba sentado sobre los papeles amarillentos que dicen todo y no parecen decir nada. En eso estaba cuando la vio venir. La vio de reojo, a Nostalgia.

Anselmo se hace el sota con gran maestría. Está muy entrenado en ese infalible arte de seguir como si nada pasara. De vez en cuando, su avejentado gato gris -se llama Cuero- se impacienta al verlo inmutable, y se anima a empujar algún objeto desde la altura para que estalle contra el piso. Sólo ahí advierte la falsedad de Anselmo, que no logra controlar el espasmo de susto y sorpresa y por un instante tensiona todos los músculos de su cuerpo.

Esa tarde Cuero no estaba. Esa tarde de otoño de quién sabe cuándo. El frío del invierno dolía en las manos de los viejos. Llovía como en verano. Y el aroma de jazmines inundaba ese baldío abandonado que linda con la covacha polvorienta de Anselmo. 

Hacía más de un siglo que algunas de esas ventanas no se abrían. La madera ya se había fosilizado, y era todo parte de una misma pieza. Sin bisagras, sin cortinas ni vidrios flojos. Esa vez, Anselmo se animó a romper los cerrojos grises y se vistió de marrón. Asomó la nariz y despejó su mirada anquilosada hacia la calle. Repasó toda la cuadra, fijándose en cada detalle. Pudo haber estado días enteros antes de llegar con sus ojos a la esquina. Pero sólo tardó algunas horas en abarcar esos ochentaitantos metros que componen su cuadra. 

Vio el descampado y se convenció de que debía estar allí esa noche. Aunque más no fuera para permanecer. Para contemplar o ser contemplado. Y fue. Bajó las escaleras y disfrutó de cada crujido que la madera podrida gritaba a su paso. Llegó hasta la puerta y la desgarró como pudo. Pasó el umbral y sintió el aire frío que atacaba sus orejas. 

Ahí parado, inmóvil, seguía pensando. En su cabeza existe toda una dimensión de tiempo y espacio que nada tiene que ver con lo que transcurre ahí afuera. Nadie sabe cuánto tiempo estuvo quieto. Un afilador que pasó en bicicleta declaró que había pasado una semana antes y él ya estaba ahí. La vieja de al lado dice que en esa casa no vive ningún Anselmo.

Cuando se le agarrotaron las manos, volvió a entrar. Se envolvió en algo de lana y tomó el baúl por una de sus manijas de hierro del costado. Lo arrastró trabajosamente afuera. Era la primera vez que lo sacaba de ahí adentro. Ahora todos los papeles quedarían expuestos. Cuando llegó al baldío, quiso sentarse a escribir, pero ya no sentía los brazos. Tantos años de volcar cicatrices, propias y ajenas, dentro de ese viejo baúl apolillado, habían terminado por componer una historia.

Empujó un lápiz sin punta, dio vuelta una hoja que ya había sido escrita y escupió algunos garabatos. En eso estaba. Sentado sobre una montaña amarillenta de papeles. En eso estaba cuando la vio venir. Sin levantar la vista del papel donde creía estar escribiendo. Sin dejar de hacerse el sota. Separó los labios resecos, que tironearon un poco después de tantos años de estar cerrados. Casi sin inmutarse, atrapó una bocanada de aire que fue derecho al pecho, la dejó ir, y su voz crujió:

-¿Cómo es eso de mirarse al espejo y saber que ya no sos?

lunes, 17 de noviembre de 2014

Identità

Anselmo es en sí mismo una metáfora. Todos lo somos. Pero él lo sabe.
Sabe que forma parte de un todo, de un algo indescifrable cuya música es indeleble.

Aprendió palabras, de muy chico. Se obsesionó con ellas, e intentó entenderlas, estudiarlas, destruirlas y sintetizarlas otra vez. Pero nunca logró hacerlas suyas.

Nunca entendió por qué no siente todo aquello que lee y escribe, por qué todos esos papeles amarillentos que se mojan con la lluvia cada vez que busca la tormenta en su ventana no dicen nada verdaderamente de él.

Nunca entendió por qué todo eso que siente, todo eso que sufre y todo el dolor en que se regodea, todo eso que contempla con amor y paciencia, no tiene ningún nombre ni palabra que lo defina o que lo explique.

Anselmo es una metáfora.

Es una semilla que nunca va a germinar, un árbol viejo que ya murió. Es el viento seco que arrastra polvo y hojarasca. Es la lonja viva de un tambor que se calienta al fuego antes de salir a vibrar cuero en pleno carnaval. Es esa luz amarillenta que un farol porteño desparrama sobre los adoquines del barrio profundo de La Boca. Es el acorde de una guitarra en una milonga de hace un siglo.

Es el crujir en la madera de un bandoneón reparado una y mil veces y que sigue gimiendo tangos desde un banquito de plaza en pleno invierno. Es la sal que invade todo el embarcadero, en ese puertito olvidado de un caserío costero de la provincia de Buenos Aires. Es la pólvora y los residuos de metal que acarician la mano de algún asesino después de disparar su revólver. Es el maullido de un gato que se recuesta sobre una medianera a esperar que salga el sol.

Es la lágrima de ese purrete que siente que el mundo se acaba si no la vuelve a ver. Y es ese purrete también.

Todo eso. Todo eso y nada.
Todo eso y nada.
Nada.
Es Anselmito.
Y esa es su contradicción.

martes, 19 de agosto de 2014

Franco

Anselmo es Franco. Y Franco es Anselmo. En cada una de sus partes. En toda su inmensa pequeñez. En su sencillez, y en todas sus complejidades.

Franco quiere ser Anselmo, pero la vida no lo deja. No sé si se la hace más fácil o si se la complica más. Pero la vida no lo deja. Entonces, es Franco.

Sufre tanto como Anselmo. Quizás más. Cayéndose y volviéndose a levantar, insiste. Tozudo, terco, envejece el doble de lo que los rodean. Envejece aún más rápido que Anselmo, que nació viejo. Anselmo nunca podrá expresar esa sensación que empuja a Franco a escribir, y que Anselmo cree que todos sienten.

Anselmo no entenderá jamás ese vacío que a Franco le brota del pecho. Ese vacío que le dice que al fin y al cabo, estamos solos en la vida. Que no hay nadie que pueda estar tan cerca de su corazón como para susurrarle todas las mañanas que tiene que levantarse y seguir. Que nadie podrá nunca estar tan cerca de su corazón para hacerle creer que no está tan solo en esa gran batalla que es la libertad.

Esa tristeza inconmensurable que es saber que en el fondo, lo único que hay, es uno solo, con su ser.

Y esa tristeza también, es solo una más.