miércoles, 21 de octubre de 2015

El que todo lo puede

Cuando dijo que sí, ya sabía que no iba a poder cumplir.

Invadido por la incontenible ansiedad de cumplir con sus propias promesas, Anselmo cree que puede.
Pero no.


Y ahí está Anselmo. Sólo y sin poder.

martes, 20 de octubre de 2015

Una sombra

-Anselmo- se escucha. Lo están llamando.
-Anselmo!- insiste la flaca alta, rubia y desgarbada. 

Anselmo no aparece. Está sumergido en las profundidades de la incertidumbre. Bajó la intensidad y lo tapó la angustia. Trinan sus sentidos mientras sigue en pie. 

Son pocas las razones que justifican su supervivencia. Una de ellas es la terquedad, la tosudez propia del necio que aún después de una y otra y otra decepción y otro fracaso, cree que alcanzará un destino que no existirá jamás.

La rubia supo confundir sus más emocionantes esfuerzos con meros actos de determinación natural. Y no. A Anselmo se le iba la vida. De haberlo sabido, quizá ella hubiera notado cómo, poco a poco, de Anselmo sólo iba quedando una sombra.

-Anselmo- repite. Anselmo ya nunca responderá.

martes, 10 de febrero de 2015

Mafaldita, ¿dónde estás?

Anselmo mira por encima del hombro y ve los libros. Todos esos libros que quisiera haber leído pero no tiene ganas de leer. Mira las fotos de éste, aquel y ese otro encuentro, en el que sus conocidos, amigos, no tan amigos, y hasta enemigos sonríen con sinceridad. Fotos en las que quiere estar, pero que duda si hubiera soportado.

Anselmo está preocupado. Una vez, una morocha lo bautizó Felipe, por su parecido con el personaje.

-Entonces a vos te tengo que llamar Mafalda- sonrió Anselmo.

Ella, pícara, no lo soltaba, no lo dejaba ir. Le daba vueltas alrededor, lo seguía, lo llamaba. Le proponía encuentros, salidas, diferencias.

-Yo te voy a enseñar a vivir- le llegó a prometer.

En otra oportunidad, no mucho tiempo después, lo miró fijo, seria. Y soltó la bomba.

-¿Vos sabés que yo tengo novio? Espero no malinterpretarte, y ojalá me esté equivocando. Pero quiero dejarte claro que no me interesa tener nada con vos que no sea esta linda amistad.

Pobre Anselmo. Soltó una carcajada, se hizo el sota y sonrió. Quizá sus ojos fueran más sinceros que su boca. Por dentro estaba destrozado. Pero lo más feo fue que al tiempo lo empezó a llamar menos. Se empezó a aburrir de sus encuentros. Cada vez la seriedad asaltaba más sus conversaciones.

Un día lo dejó de llamar. Pero lo que es peor: nunca le enseñó a vivir.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Anselmo, Cuero y Floreal Ruiz

El silencio de la noche se interrumpe por una breve queja. Parece el sonido de un vinilo húmedo de Floreal Ruiz. Pero no es más que el gemir angustioso de Cuero, el gato viejo de Anselmo. La tibieza de su cuerpo resguarda los pies de aquel pobre y triste nostálgico. Y mientras, sufre. El gato sufre. Quizá sea por ese sexto o séptimo sentido de los felinos. Quizá sea por eso que Cuero entiende por qué Anselmo no ha vuelto a sonreir.

martes, 18 de noviembre de 2014

"Aquel otoño", o "Cómo un gato viejo desenmascaró la falsedad del hombre"

"Un día habrá que ordenar ese viejo baúl apolillado", pensó Anselmo. Como el hombre que está sólo y espera, aguardaba sentado sobre los papeles amarillentos que dicen todo y no parecen decir nada. En eso estaba cuando la vio venir. La vio de reojo, a Nostalgia.

Anselmo se hace el sota con gran maestría. Está muy entrenado en ese infalible arte de seguir como si nada pasara. De vez en cuando, su avejentado gato gris -se llama Cuero- se impacienta al verlo inmutable, y se anima a empujar algún objeto desde la altura para que estalle contra el piso. Sólo ahí advierte la falsedad de Anselmo, que no logra controlar el espasmo de susto y sorpresa y por un instante tensiona todos los músculos de su cuerpo.

Esa tarde Cuero no estaba. Esa tarde de otoño de quién sabe cuándo. El frío del invierno dolía en las manos de los viejos. Llovía como en verano. Y el aroma de jazmines inundaba ese baldío abandonado que linda con la covacha polvorienta de Anselmo. 

Hacía más de un siglo que algunas de esas ventanas no se abrían. La madera ya se había fosilizado, y era todo parte de una misma pieza. Sin bisagras, sin cortinas ni vidrios flojos. Esa vez, Anselmo se animó a romper los cerrojos grises y se vistió de marrón. Asomó la nariz y despejó su mirada anquilosada hacia la calle. Repasó toda la cuadra, fijándose en cada detalle. Pudo haber estado días enteros antes de llegar con sus ojos a la esquina. Pero sólo tardó algunas horas en abarcar esos ochentaitantos metros que componen su cuadra. 

Vio el descampado y se convenció de que debía estar allí esa noche. Aunque más no fuera para permanecer. Para contemplar o ser contemplado. Y fue. Bajó las escaleras y disfrutó de cada crujido que la madera podrida gritaba a su paso. Llegó hasta la puerta y la desgarró como pudo. Pasó el umbral y sintió el aire frío que atacaba sus orejas. 

Ahí parado, inmóvil, seguía pensando. En su cabeza existe toda una dimensión de tiempo y espacio que nada tiene que ver con lo que transcurre ahí afuera. Nadie sabe cuánto tiempo estuvo quieto. Un afilador que pasó en bicicleta declaró que había pasado una semana antes y él ya estaba ahí. La vieja de al lado dice que en esa casa no vive ningún Anselmo.

Cuando se le agarrotaron las manos, volvió a entrar. Se envolvió en algo de lana y tomó el baúl por una de sus manijas de hierro del costado. Lo arrastró trabajosamente afuera. Era la primera vez que lo sacaba de ahí adentro. Ahora todos los papeles quedarían expuestos. Cuando llegó al baldío, quiso sentarse a escribir, pero ya no sentía los brazos. Tantos años de volcar cicatrices, propias y ajenas, dentro de ese viejo baúl apolillado, habían terminado por componer una historia.

Empujó un lápiz sin punta, dio vuelta una hoja que ya había sido escrita y escupió algunos garabatos. En eso estaba. Sentado sobre una montaña amarillenta de papeles. En eso estaba cuando la vio venir. Sin levantar la vista del papel donde creía estar escribiendo. Sin dejar de hacerse el sota. Separó los labios resecos, que tironearon un poco después de tantos años de estar cerrados. Casi sin inmutarse, atrapó una bocanada de aire que fue derecho al pecho, la dejó ir, y su voz crujió:

-¿Cómo es eso de mirarse al espejo y saber que ya no sos?

lunes, 17 de noviembre de 2014

Identità

Anselmo es en sí mismo una metáfora. Todos lo somos. Pero él lo sabe.
Sabe que forma parte de un todo, de un algo indescifrable cuya música es indeleble.

Aprendió palabras, de muy chico. Se obsesionó con ellas, e intentó entenderlas, estudiarlas, destruirlas y sintetizarlas otra vez. Pero nunca logró hacerlas suyas.

Nunca entendió por qué no siente todo aquello que lee y escribe, por qué todos esos papeles amarillentos que se mojan con la lluvia cada vez que busca la tormenta en su ventana no dicen nada verdaderamente de él.

Nunca entendió por qué todo eso que siente, todo eso que sufre y todo el dolor en que se regodea, todo eso que contempla con amor y paciencia, no tiene ningún nombre ni palabra que lo defina o que lo explique.

Anselmo es una metáfora.

Es una semilla que nunca va a germinar, un árbol viejo que ya murió. Es el viento seco que arrastra polvo y hojarasca. Es la lonja viva de un tambor que se calienta al fuego antes de salir a vibrar cuero en pleno carnaval. Es esa luz amarillenta que un farol porteño desparrama sobre los adoquines del barrio profundo de La Boca. Es el acorde de una guitarra en una milonga de hace un siglo.

Es el crujir en la madera de un bandoneón reparado una y mil veces y que sigue gimiendo tangos desde un banquito de plaza en pleno invierno. Es la sal que invade todo el embarcadero, en ese puertito olvidado de un caserío costero de la provincia de Buenos Aires. Es la pólvora y los residuos de metal que acarician la mano de algún asesino después de disparar su revólver. Es el maullido de un gato que se recuesta sobre una medianera a esperar que salga el sol.

Es la lágrima de ese purrete que siente que el mundo se acaba si no la vuelve a ver. Y es ese purrete también.

Todo eso. Todo eso y nada.
Todo eso y nada.
Nada.
Es Anselmito.
Y esa es su contradicción.

martes, 19 de agosto de 2014

Franco

Anselmo es Franco. Y Franco es Anselmo. En cada una de sus partes. En toda su inmensa pequeñez. En su sencillez, y en todas sus complejidades.

Franco quiere ser Anselmo, pero la vida no lo deja. No sé si se la hace más fácil o si se la complica más. Pero la vida no lo deja. Entonces, es Franco.

Sufre tanto como Anselmo. Quizás más. Cayéndose y volviéndose a levantar, insiste. Tozudo, terco, envejece el doble de lo que los rodean. Envejece aún más rápido que Anselmo, que nació viejo. Anselmo nunca podrá expresar esa sensación que empuja a Franco a escribir, y que Anselmo cree que todos sienten.

Anselmo no entenderá jamás ese vacío que a Franco le brota del pecho. Ese vacío que le dice que al fin y al cabo, estamos solos en la vida. Que no hay nadie que pueda estar tan cerca de su corazón como para susurrarle todas las mañanas que tiene que levantarse y seguir. Que nadie podrá nunca estar tan cerca de su corazón para hacerle creer que no está tan solo en esa gran batalla que es la libertad.

Esa tristeza inconmensurable que es saber que en el fondo, lo único que hay, es uno solo, con su ser.

Y esa tristeza también, es solo una más.

martes, 29 de julio de 2014

Potencia

Anselmo contempla el cielo negro y piensa. Repasa sus motivaciones de antaño. Cuestiona su desgano para con la vida. Reflexiona y deduce que algo de todo eso cambió. Que se diluyó su entusiasmo para pelear con algunos de esos molinos de viento. Que ya no cree que ese sea el método ideal para producir las transformaciones que desea.

Mira el cielo negro y no ve dónde está toda esa construcción. Sabe que lo que pensó que dejaría en pie corre peligro. Todavía es algo. Todavía es una idea. Todavía es potencia. Podría ser nada. Pero sabe que no habrá un legado. Que su obra aún no existe. Que el acto todavía está por nacer.

Y se pregunta si alguna vez existirá.

domingo, 29 de junio de 2014

De papel y de madera

El escritorio es de roble. Encima, papeles que Anselmo sabe que debe revisar. Allí descarga todo el peso acumulado de la jornada al final de cada día. Llega, abre su morral negro y empieza a sacar cosas: recortes de diarios, volantes que recibió en la calle, algún pedazo de afiche arrancado, bocetos de ideas gráficas, papelitos con anotaciones. Todo lo que deja para ver después, que durante el día va a parar al morral, llega a su casa y lo vuelca sobre el escritorio. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes. Sábado. A la pila se suma alguna camisa o remera usada, algunos fixtures del mundial sin estrenar, cuadernos, libros, una cámara de fotos, cables y hasta una pequeña radio portátil china muy berreta.

Cuando Anselmo llega en la madrugada del domingo, después de una noche de sábado muy larga, deja la billetera, las llaves, y vacía los bolsillos arriba de toda esa pila. Cuando despierta, evita dirigir la mirada para ese lado. Atraviesa la habitación como si todo eso no estuviera, lo niega. Vuelve, más tarde. Sabe que tiene que hacer todo lo que no hizo en la semana, y revisar todo eso que acumuló. Mira la pila de cosas. Empieza a separar. Lo que es del trabajo se acumula en una nueva pila, esta vez en el piso. Al lado, lo de la facultad. Al lado, todo el material político. Al lado, el descarte. Vuelve a acumular todo, pero al costado. El escritorio queda vacío.



Mientras ordena, Anselmo pone música. De vez en cuando interrumpe el proceso para tomar un mate, o para ordenar la ropa que se amontona también al costado de la cama, o los papeles de la mesa de luz. Es automático. Está concentrado en lo que hace, pero también hay un segundo escenario en su cabeza, donde reflexiona sobre los aspectos más profundos de su vitalidad. Se cuestiona si tiene un rumbo, si tiene objetivos. Se imagina cometiendo errores, proyectando futuro. Repasa lo que ha hecho, sus vergüenzas y arrepentimientos. Luego recuerda sus méritos, su orgullo. Se castiga. Se reprocha una y mil cosas. Se sienta en el escritorio, advierte que terminó de ordenar, y se propone empezar a trabajar. A revertir todo eso que lo disgusta.

Ya son las doce, habría que cenar y dormir. Mañana Anselmo trabaja desde temprano. Seguirá escuchando música. Comerá algo frugal y se acostará a dormir. Escuchando la radio, respondiendo mensajes o emails verá que son las dos de la mañana. Apagará la luz. No podrá dormir. Se le cruzarán cientos de ideas brillantes, de objetivos y de tareas a realizar al día siguiente y durante la semana. Se va a levantar para anotarlas y no olvidar. El papelito quedará arriba del escritorio vacío. 

Mañana, cuando vuelva del trabajo y de yirar por Buenos Aires, vaciará su morral arriba de ese papel. Quedará sepultado por el lunes. Después vendrán las paladas de tierra del martes, miércoles, jueves y viernes. El sábado será el entierro definitivo de sus ilusiones. El domingo serán descartadas, entre tantas otras cuestiones sin importancia. 

Anselmo se seguirá levantando a la mañana, de lunes a sábados. Esa, al menos, es una de sus ilusiones.-

martes, 27 de mayo de 2014

Pavura

Anselmo se inclina hacia adelante y agacha la cabeza. Sobre la espalda desnuda se suicidan las gotas de agua hirviendo que se lanzan desde lo alto del inmenso manto negro que lo recubre. Por el cuello se deslizan las lágrimas del cielo, satisfechas de intentar torturarlo. No saben que lo calman, que liberan sus muecas de dolor y lo redimen. Los poros escupen miseria y vergüenza, la escoria que no volverá. Su pelo se desvanece y se avejenta al pensar. Su mente no sólo tiene memoria. Su cráneo alberga algo más que esas canas grisáceas.

Pocas veces el recuerdo lo somete al llanto. Lastimoso, se retuerce en la culpa para poder sufrir. Es su pesar profundo el que transformó a la muerte. No habrá forma de transformar su pecho glorioso en cruda pena traicionera. El cuore rebota contra el pecho una y otra vez. Se le escapa queriendo partir sin rumbo. Las costillas no alcanzan a contener tanto dolor inyectado en su sangre. Las venas estallan sintiendo el pavor. Pavura ansiosa, incontenida.

Su cuello se encoge y resurge el dolor. Las rodillas se quiebran. Su cuerpo reducido e inerte parece un solo miembro a simple vista. No hay ojos, ni lengua, ni orejas. Las lágrimas se desvanecen en todo su interior. Es su inercia, es su culpa que lo encierra.

Extraña. Anselmo extraña. Lamenta saber que recordará siempre a aquel que no cedió ante la culpa. Le da miedo olvidar. Pero otra es su inquietud. Otro es el fantasma que no lo deja dormir. Su verdadera angustia es saber que aquel que se fue jamás lo recordará a él como quien siguió sus pasos.