Como quien se encuentra en el punto cúlmine de la noche a punto de llorar por la nostalgia, como quien resbala torpemente por los callejones de la melancolía, o como quien advierte la inminente invasión de la desgracia, al sentir un dolor profundo, así, escribe Anselmo estas palabras.
Anselmo ya está grande. Debería haber aprendido que no hay que planificar nada en la vida. Quizá no le falte mucho para entenderlo definitivamente. La prueba más cabal que esgrime como arma es que no hace mucho creyó tener las cosas bajo control. Desde el momento en que decidió cómo sería su futuro, se embarcó en el peor error de su ya prolongadísima vida. Todos saben que no se puede "decidir" el futuro. Se puede prevenir, se puede orientar, pero "decidir" es imposible. Anselmo se creyó curado de todo espanto, se creyó experto, siendo que nunca pensó que viviría tanto. A esta altura del partido, el viejo suponía que ya tenía cierto poder de controlar, cuanto menos, su propia vida. Y qué equivocado estaba.
Cinco años, como si no fueran nada. Cinco años de una forma, en condiciones ideales. Van tres y ni siquiera fueron de esa forma, ni por supuesto se dieron esas condiciones. Pero peor que eso es saber que los próximos dos ya también están fuera de todo alcance, y quizá no sean dos sino uno, o sesenta. Peor es saber que las condiciones son lo más azaroso que pueda existir sobre la tierra, no sólo por depender puramente de la suerte, sino por su inabarcable extensión física y metafísica. Nadie puede entender cómo reaccionará, qué prioridades tendrá, qué estará pensando o qué está a punto de hacer el tipo que tiene al lado, justo en el próximo segundo. Cada instante que pasa, toda planificación se derrumba. Planificar es de vanidoso, de soberbio. Anselmito, no te hubiese cuidado tanto si hubiese sabido de tu vanidad.
Peor es ver que Ricardo, el vecino que Anselmo tiene al lado, carente de toda planificación, enfrentó lo que todos suponían que sería su vida. Y su vida requirió muchas menos calculadoras, menos diagramas y proyecciones, menos brujas y oráculos que la de Anselmo.
Al momento de escribir, Anselmo lo hace con una sola intención: la de quemar su texto al terminar. Pero el viejo falla en planificar. Porque cada vez que quema sus manuscritos, Ricardo, el paciente anciano que vive al lado, acude al escritorio de madera antigua donde Anselmo escribe sus sabias palabras, y sin que nadie lo note, con unas hojas y lápices muy blandos, calca los relieves de la madera que, hundida por la presión del trazo sufrido de Anselmo, conserva escondidos sus textos. Algunos de esos textos son los que llegan hasta aquí, luego de pasar irregularmente por las manos de los vecinos, entre los que Ricardo distribuye pocas copias, sabiendo que si el viejo supiera de sus tramoyas, se colgaría en algún galpón del puerto.
domingo, 10 de julio de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
Retornan vencidas tu voz y mi voz.
No sé cómo soy. No sé quién soy aún. Me conozco hasta el punto que uno conoce de otro después de compartir un tiempo bajo distintas influencias. Por supuesto, a veces esa persona sorprende, por una reacción que quizá no hubiéramos imaginado de él o ella. En mi caso, esto me sucede a menudo. De vez en cuando me sorprendo haciendo cosas de las que no me creí capaz, no por dificultad, sino por no corresponder con aquello que creí de mi mismo, diciendo cosas distintas de las que estoy acostumbrado a escucharme decir.
Ahora, existen algunas certezas que guardo con toda seguridad, como el hecho de "no ser" de cierta forma, o el saber que nunca haría ciertas cosas. En resumen, es un lugar común, algo que muchos habrán pensado alguna vez sobre sí mismos y que yo pienso hoy mismo sobre mí: es que no sé quién ni cómo soy, pero sí sé qué o quién no soy.
No soy ladino.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Y sin embargo
Pero tras tanta pena, tanta miseria, tanto castigo y turbulencia para aquellos que no han elegido pisotear, renacen ciertos sonidos, nervios tensados como cuerdas de un violín, o de una guitarra. Y todo eso se lo debemos a muy pocos tipos (dentro de tanta inmensidad de carne), que en su mayor parte padecieron la desgracia, y que la transformaron en eso tan único sobre esta tierra y en toda la inmensidad del cielo infinito.
(16/03/11 - 00.19hs)
(16/03/11 - 00.19hs)
Ubicación:
Islas Falkland (Islas Malvinas)
martes, 15 de marzo de 2011
Insensatez
Claro, durante mucho tiempo realmente dudé si quienes sostienen lo insólito, lo inhumano, quienes avalan la muerte, la tortura y persecución estaban convencidos desde lo más profundo de lo que decían pensar, o si toda esa puesta en escena era simplemente algo mucho más racional que la neurosis, un instinto depredador de intentar el desplazamiento en plena puja de poder con objetivos exclusivamente económicos, o para satisfacer aquellas miserias del ser que son el afán de reconocimiento, entre otras yerbas.
Claro, creía que una postura podía ser genuina por más grotesca que sonara, mientras existiera un mínimo de honestidad inherente al ser humano, aquél que el Che tuvo que reinventar en un "hombre nuevo", sencillamente por esta razón. Claro, pensé que a pesar del error podrían tener buenas intenciones, o que quizá esa era la alternativa y los demás estamos todos equivocados.
Claro, pensé que el hombre no estaba podrido por dentro.
Bueno, qué equivocado estaba. Qué insensato. Doy fe de haber dudado sobre esas dos posibilidades durante muchísimo tiempo. Doy fe de no poder creer cuánto tiempo mantuve esa dualidad. Doy fe de que ahora, aún con la prueba en mis ojos, en mis manos, en mi carne y en mi alma, no concibo la posibilidad de que todas las personas, absolutamente todas, respondan a un gobierno interno y a impulsos tales como los humores: inexplicables, irracionales, irrespetuosos y paradójicamente inhumanos, que bajo la peor de las perversiones, sólo buscan alcanzar el provecho material (y emocional, pasando a otra experiencia reciente que se condice con la disparadora) del individuo lejos de todo tipo de consideración ajena.
No creí que existiera el altruismo, claro, pero tampoco creía que pudiera ser tal la motivación omnipresente de individualismo, qué insensato.
CLARO, qué insensato.
lunes, 7 de marzo de 2011
No se puede construir nada con la tristeza
El otro día alguien me dijo que yo escribo cosas tristes. Y no es la primera vez que me lo dicen. Sin embargo, yo nunca entré en conflicto con eso, y ahí me siento cómodo. Una vez asistí a un taller de escritura con un exitoso y multipremiado productor de banalidades (y vanidades también); y lo primero que me dijo fue que nunca iba a triunfar escribiendo cosas tristes, que la tristeza no vendía más. Pues bien, si a mí me interesara vender quizá lo hubiera escuchado y estaría escribiendo cosas felices. Las otras personas que me lo dijeron no buscaban aconsejarme la mejor manera de ser best seller, quizá se preocupaban por lo que yo busco transmitir, en todo caso por lo que siento.
Pero en ese caso tampoco me incomoda saber que escribo cosas tristes. Hace poco (al llegar la medianoche se cumplirán siete días exactos, ni un minuto más) presencié el espectáculo de quien es uno de mis mayores inspiradores, uno de los pocos tipos que realmente admiro en la vida, que casualmente se ha interpuesto en mis reflexiones con muchísima frecuencia en lo que va del año. Ese tipo, el Negro Dolina, mirando uno por uno a la cara a los pocos espectadores que acudimos ese lunes (o martes, como quiera verse) esbozó un pensamiento que quiero evocar en este momento para explicar mis sensaciones.
En ocasión de preguntarle a Patricio Barton la consigna que correspondía al corso del cual Dolina y Gabriel Schultz eventualmente participarían con su carro alegórico, Alejandro cuestionó una cita de Don Arturo Jauretche, quien dijo que "no se puede construir nada con la tristeza". En efecto, quizá lo dijo "para quedar bien con el comisario", siendo que son palabras que suenan muy bien, pero con las que particularmente veo muy difícil poder coincidir. Me remito a las palabras de Dolina en la noche de ese lunes 28 de febrero:
"Qué desilusión se van a llevar los griegos ¿no?, con la tragedia, la novelística. Por eso seguramente no festejaban carnaval. Parece que hemos vivido equivocados, toda la cultura de occidente, el arte, la poesía.. qué cosa... Lo nuestro iba por ahí, de tanto leer, de tanta biblioteca que uno ha leído, de tantas cosas tristes y grandes".
"Yo creo que no se puede construir nada sin inteligencia. Prefiero eso. De la alegría, después hablamos. Y de la tristeza, bueno, en un mundo donde evidentemente tenemos apetito de eternidad, y somos mortales, y la gente se muere, y la gente sufre, y la gente padece... me parece que desde esa tristeza hay que empezar a construir algo grande, para ver si la alegría no viene como una cosa postiza a partir de la cual se construye, sino por el contrario, después de transitar por la tristeza, y buscando para los que están tristes aunque sea una llamita de alegría... pero esa llamita se enciende con inteligencia. No con la alegría de la careta. Yo ahí no estoy de acuerdo por mucho que lo haya dicho Jauretche... quizá lo dijo para quedar bien con el comisario, y todo poeta tiene derecho a ser juzgado por sus mejores obras. No se puede construir nada sin inteligencia".
Entonces, por el contrario, lo más lógico debiera ser construir desde la tristeza. Y ese es mi caso. Yo no lo elijo, pero me complace que así sea. Yo escribo desde la tristeza, y esa es mi forma de construir algo. Entre tanta miseria, difícilmente la sonrisa se pueda sostener con la alegría de la careta, y quizá sí se sostenga cuando viene de la satisfacción, aquella que sí se construye, en contraposición de la tristeza, pero partiendo de ella.
Calle Cárdenas, La Habana.
El programa "La Venganza Será Terrible" del 28/02/11 puede escucharse aquí: http://mp3.lvstplayer.com.ar/
lunes, 13 de diciembre de 2010
Cuánto maldita se hace la vida
domingo, 25 de julio de 2010
No quiero formar parte, pido perdón.
Finalmente me vuelven las ganas de escribir, y de sentir un poco. Cuando uno se pregunta acerca de su felicidad, y no le despierta siquiera una mueca de ironía, debería preocuparse. Crítico es cuando esa misma condición es la que le impide preocuparse. La angustia, la depresión de sentirse infeliz y miserable, desdichado, debe ser una de las mejores formas de pasar los días. Uno no siente el alegre impulso de emprender nada nuevo, así como reconoce la mezquindad de los taimados en un abrir y cerrar de ojos, sin que exista ningún gesto en la comisura de los labios ni una mirada furtiva. En ese estado, poco importa la soberbia de los demás, poco lo afectan las palabras o las acciones que en otro contexto parecieran vengativas, pero que son puro instinto carroñero. En ese estado, no se descansa en paz, porque no se necesita descansar. La mente reposa, los sentidos se anulan y no existe inquietud que pueda perjudicar ese profundo estado de paz antisocial. Sí existen aquellos impulsos exógenos, que pretenden destruir ese reposo para desequilibrar los nervios nuevamente, y privar de un mínimo respiro a un halo de vida tan debilitado por la ofensa y el ultraje, los vejámenes a los que la constante falsedad de los días lo someten.
Yo siempre quise otra cosa, sí, lo admito. Lo he gritado silenciosamente durante años, en acciones y omisiones profundamente contradictorias. Pocos han sabido notarlo, y no les produjo nada. Quizá me he mentido todo este tiempo y no sé vivir. Una vez alguien me prometió enseñarme a hacerlo, pero me han soltado la mano. La soledad no puede ser una compañera ocasional, o se está con ella, o se la observa a la distancia. Creo que he decidido abrazarla para no sufrir más. Difícilmente las palabras me sirvan para explicar mis razones, pero juro que las tengo. Si alguien todavía me respeta, quisiera que no lo acepte, pero busque entenderlo. Hay empujones que no sirven para remontar vuelo, sino sólo para el tropiezo, yo he tropezado nuevamente, y no creo que me levante.
Aquí, desde el suelo, pienso, y estoy convencido de que debí haber nacido en una novela de otro tiempo, creado por la pluma de algún tipo muy argentino, solemne, al que le guste el tango, al que acompañe un gato negro, que use piloto y de vez en cuando se ponga un sombrero y fume, sin falsedades, un cigarrillo bajo la lluvia, mirando a la nada, reflexivo.
viernes, 18 de junio de 2010
De lo pasado, no lo voy a negar.
Sigue llenando este minuto de razones para respirar, no me complazcas, no te niegues, no hables por hablar.. yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz.
Algún día Anselmo fue un tipo callado, taciturno. Su expresión parecía tranquila, mientras por dentro se carcomía de rabia. Por esos tiempos, odiaba su persona, pero tenía objetivos y mucha voluntad. Sus piernas temblaban frente a una mujer, pero sólo frente a esa mujer. Al mismo tiempo intentaba cambiar, creyendo evolucionar, pero desnaturalizándose, tratando de cumplir su deseo de acercamiento a esa mujer. Realmente era una mujer, no como las chicas que se le cruzan día en día, que son simplemente eso, chicas.
Anselmo evoca esos momentos a través de palabras, que vomitó asqueado (a veces hasta por sí mismo), y que hoy relee, pacientemente, buscando parecerse a aquél que una vez las escribió, creyéndose infeliz, pero atravesando los más profundos de sus días. También los evoca a través de la música, escuchando y sintiendo lo más parecido a esos latigazos que recibía de su conciencia, en plena conquista amorosa. Cada canción que recuerda, es un episodio de su relación consigo mismo, y con ese amor que nunca pudo ser, pero que nunca se sabe.
viernes, 30 de abril de 2010
Román, asustado.
Si, se sentía asustado. Las 24 horas del día, los 356 días del año. Vivía asustado. Un tipo con miedo, no un cobarde, pero sí miedoso. El tipo había nacido en una familia golpeada, y como dicen "lo que no te mata, te hace más fuerte". En este caso, Román había muerto en vida. Sentía, sí, pero era imposible que se le cruzara por la mente la sola idea de felicidad, porque era consciente que muchas cosas se le podían acercar, pero sabía que estaba muy lejos.
Román era uno de esos tipos que no están nunca con una mina, por miedo a lo desconocido. De los que se cuidan de no comer afuera porque la comida tiene gérmenes o puede estar mal cocinada, de los que cuando van a un baño público se lavan las manos diez minutos y se las secan agitándolas al aire, para luego preguntarse cómo harán para abrir el picaporte sin contaminarlas de nuevo. Román era de los que esquivaban a la gente con pavor, y que no podían viajar en colectivo o subterráneo si éste no iba vacío. De los tipos que se ponen nerviosos cuando la gente les habla, y que cuando no se logran hacer entender prefieren dar la razón y que parezca que lo que pensaban no era importante.
Los amigos de Román siempre decían "a este lo tiene que agarrar Mercedes, una mina que lo lleve de la mano, que sea suelta, que tenga calle". Pero a Mercedes recién le empezó a gustar cuando Román cumplía los 32, aunque "gustar" es un decir. Empezó a estar con él por ternura, y no lo dejó por pena. Mercedes era todo lo contrario a Román, y por eso le había pedido casamiento (sí, ella se lo pidió), porque necesitaba un contrapeso, necesitaba conocer el equilibrio. Mercedes lo empujaba a Román a la calle, a encontrarse con los muchachos del club, la gente del barrio. Así se ganaron el afecto de la gente, porque eran una pareja despareja, y porque no le hacían mal a nadie.
Cuando Mercedes se despertaba a la mañana, notaba que Román ya estaba despierto, que permanecía mirando el techo, pensativo. Muchas de esas mañanas, al sucumbir su soledad con el amanecer de Mercedes, Román compartía con ella alguna de sus reflexiones matinales. A veces eran del tipo de "los únicos seres altruistas en el universo son las hormigas", pero muchas otras eran pensamientos temerosos que revelaban su esencia oscura y asustada: "bastan un par de partículas de aire ingresando al torrente sanguíneo para acabar con una vida humana.. somos frágiles, Mecha, una vacuna mal puesta y nos vamos del otro lado".
Mercedes se levantaba mientras Román seguía meditando y preparaba el mate. Luego lo oía comentar las posibilidades que existen de terminar la existencia de formas rotundas y azarosas, siempre muy extrañas. Según Román, siempre latente, la muerte nos acechaba en cada esquina, o en cada momento de nuestra vida. Comiendo una hamburguesa mal cocida, morían 2 de cada 1000 niñitos yankis cada año. Por cada uno de esos niñitos yankis, sucumbían cerca de 200 criaturas nigerianas por no poder beber el agua suficiente bajo el sol asesino del tercer mundo. Así mismo, en Finlandia, decía Román, se suicidan más de 150 personas por semestre, casi todos hombres; pero lo peor es que todos lo hacen desde edificios de gran altura, y seis de cada 50 de esos suicidas caían (según Román) sobre uno o más transeúntes simultáneamente. También, por derrumbes imprevistos de balcones, en Buenos Aires, más de uno terminaba en la morgue.
Mercedes le decía que no tenía por qué pasarle eso a nadie, que no era normal o que por lo menos sucedía lejos, que en su barrio nadie había muerto de formas tan nefastas, y que él mismo, Román, no conocía a nadie que tuviera conocidos, amigos o familiares que hubieran resultado lastimados por cosas similares. Román la miraba y esbozaba algo parecido a una sonrisa. Ella ensayaba su cariño abrazándolo, y en cada abrazo le daba la fuerza para enfrentar el día, le daba la energía y le signaba su suerte.
Un día Mercedes se enfermó de apendicitis, y al primer día que cayó en cama, comenzó a absorber ese temor que Román dejaba, mañana a mañana, sobre las sábanas. Al tercer día no quiso oír más esas pesimistas probabilidades de sucumbir en episodios extraños y le negó el abrazo diario. Le dijo, textualmente, que no le volvería a dar un abrazo hasta que no fuese más optimista y dejara ese temor de lado, "no vivas más asustado".
Román salió de la casa y caminó hasta la esquina obnubilado por las palabras de Mercedes, y al cruzar la calle, sin levantar la vista de los adoquines grises, el coche 54 de la línea 126 de colectivos lo embistió con toda su furia real, alejándolo más de veinte metros antes de tocar el suelo con su cuerpo inerte. Ese día, Román dejó de temer.
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