domingo, 25 de julio de 2010

No quiero formar parte, pido perdón.

Finalmente me vuelven las ganas de escribir, y de sentir un poco. Cuando uno se pregunta acerca de su felicidad, y no le despierta siquiera una mueca de ironía, debería preocuparse. Crítico es cuando esa misma condición es la que le impide preocuparse. La angustia, la depresión de sentirse infeliz y miserable, desdichado, debe ser una de las mejores formas de pasar los días. Uno no siente el alegre impulso de emprender nada nuevo, así como reconoce la mezquindad de los taimados en un abrir y cerrar de ojos, sin que exista ningún gesto en la comisura de los labios ni una mirada furtiva. En ese estado, poco importa la soberbia de los demás, poco lo afectan las palabras o las acciones que en otro contexto parecieran vengativas, pero que son puro instinto carroñero. En ese estado, no se descansa en paz, porque no se necesita descansar. La mente reposa, los sentidos se anulan y no existe inquietud que pueda perjudicar ese profundo estado de paz antisocial. Sí existen aquellos impulsos exógenos, que pretenden destruir ese reposo para desequilibrar los nervios nuevamente, y privar de un mínimo respiro a un halo de vida tan debilitado por la ofensa y el ultraje, los vejámenes a los que la constante falsedad de los días lo someten.

Yo siempre quise otra cosa, sí, lo admito. Lo he gritado silenciosamente durante años, en acciones y omisiones profundamente contradictorias. Pocos han sabido notarlo, y no les produjo nada. Quizá me he mentido todo este tiempo y no sé vivir. Una vez alguien me prometió enseñarme a hacerlo, pero me han soltado la mano. La soledad no puede ser una compañera ocasional, o se está con ella, o se la observa a la distancia. Creo que he decidido abrazarla para no sufrir más. Difícilmente las palabras me sirvan para explicar mis razones, pero juro que las tengo. Si alguien todavía me respeta, quisiera que no lo acepte, pero busque entenderlo. Hay empujones que no sirven para remontar vuelo, sino sólo para el tropiezo, yo he tropezado nuevamente, y no creo que me levante.

Aquí, desde el suelo, pienso, y estoy convencido de que debí haber nacido en una novela de otro tiempo, creado por la pluma de algún tipo muy argentino, solemne, al que le guste el tango, al que acompañe un gato negro, que use piloto y de vez en cuando se ponga un sombrero y fume, sin falsedades, un cigarrillo bajo la lluvia, mirando a la nada, reflexivo.

viernes, 18 de junio de 2010

De lo pasado, no lo voy a negar.

Sigue llenando este minuto de razones para respirar, no me complazcas, no te niegues, no hables por hablar.. yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz.

Algún día Anselmo fue un tipo callado, taciturno. Su expresión parecía tranquila, mientras por dentro se carcomía de rabia. Por esos tiempos, odiaba su persona, pero tenía objetivos y mucha voluntad. Sus piernas temblaban frente a una mujer, pero sólo frente a esa mujer. Al mismo tiempo intentaba cambiar, creyendo evolucionar, pero desnaturalizándose, tratando de cumplir su deseo de acercamiento a esa mujer. Realmente era una mujer, no como las chicas que se le cruzan día en día, que son simplemente eso, chicas.

Anselmo evoca esos momentos a través de palabras, que vomitó asqueado (a veces hasta por sí mismo), y que hoy relee, pacientemente, buscando parecerse a aquél que una vez las escribió, creyéndose infeliz, pero atravesando los más profundos de sus días. También los evoca a través de la música, escuchando y sintiendo lo más parecido a esos latigazos que recibía de su conciencia, en plena conquista amorosa. Cada canción que recuerda, es un episodio de su relación consigo mismo, y con ese amor que nunca pudo ser, pero que nunca se sabe.

viernes, 30 de abril de 2010

Román, asustado.

Si, se sentía asustado. Las 24 horas del día, los 356 días del año. Vivía asustado. Un tipo con miedo, no un cobarde, pero sí miedoso. El tipo había nacido en una familia golpeada, y como dicen "lo que no te mata, te hace más fuerte". En este caso, Román había muerto en vida. Sentía, sí, pero era imposible que se le cruzara por la mente la sola idea de felicidad, porque era consciente que muchas cosas se le podían acercar, pero sabía que estaba muy lejos.

Román era uno de esos tipos que no están nunca con una mina, por miedo a lo desconocido. De los que se cuidan de no comer afuera porque la comida tiene gérmenes o puede estar mal cocinada, de los que cuando van a un baño público se lavan las manos diez minutos y se las secan agitándolas al aire, para luego preguntarse cómo harán para abrir el picaporte sin contaminarlas de nuevo. Román era de los que esquivaban a la gente con pavor, y que no podían viajar en colectivo o subterráneo si éste no iba vacío. De los tipos que se ponen nerviosos cuando la gente les habla, y que cuando no se logran hacer entender prefieren dar la razón y que parezca que lo que pensaban no era importante.

Los amigos de Román siempre decían "a este lo tiene que agarrar Mercedes, una mina que lo lleve de la mano, que sea suelta, que tenga calle". Pero a Mercedes recién le empezó a gustar cuando Román cumplía los 32, aunque "gustar" es un decir. Empezó a estar con él por ternura, y no lo dejó por pena. Mercedes era todo lo contrario a Román, y por eso le había pedido casamiento (sí, ella se lo pidió), porque necesitaba un contrapeso, necesitaba conocer el equilibrio. Mercedes lo empujaba a Román a la calle, a encontrarse con los muchachos del club, la gente del barrio. Así se ganaron el afecto de la gente, porque eran una pareja despareja, y porque no le hacían mal a nadie.

Cuando Mercedes se despertaba a la mañana, notaba que Román ya estaba despierto, que permanecía mirando el techo, pensativo. Muchas de esas mañanas, al sucumbir su soledad con el amanecer de Mercedes, Román compartía con ella alguna de sus reflexiones matinales. A veces eran del tipo de "los únicos seres altruistas en el universo son las hormigas", pero muchas otras eran pensamientos temerosos que revelaban su esencia oscura y asustada: "bastan un par de partículas de aire ingresando al torrente sanguíneo para acabar con una vida humana.. somos frágiles, Mecha, una vacuna mal puesta y nos vamos del otro lado".

Mercedes se levantaba mientras Román seguía meditando y preparaba el mate. Luego lo oía comentar las posibilidades que existen de terminar la existencia de formas rotundas y azarosas, siempre muy extrañas. Según Román, siempre latente, la muerte nos acechaba en cada esquina, o en cada momento de nuestra vida. Comiendo una hamburguesa mal cocida, morían 2 de cada 1000 niñitos yankis cada año. Por cada uno de esos niñitos yankis, sucumbían cerca de 200 criaturas nigerianas por no poder beber el agua suficiente bajo el sol asesino del tercer mundo. Así mismo, en Finlandia, decía Román, se suicidan más de 150 personas por semestre, casi todos hombres; pero lo peor es que todos lo hacen desde edificios de gran altura, y seis de cada 50 de esos suicidas caían (según Román) sobre uno o más transeúntes simultáneamente. También, por derrumbes imprevistos de balcones, en Buenos Aires, más de uno terminaba en la morgue.

Mercedes le decía que no tenía por qué pasarle eso a nadie, que no era normal o que por lo menos sucedía lejos, que en su barrio nadie había muerto de formas tan nefastas, y que él mismo, Román, no conocía a nadie que tuviera conocidos, amigos o familiares que hubieran resultado lastimados por cosas similares. Román la miraba y esbozaba algo parecido a una sonrisa. Ella ensayaba su cariño abrazándolo, y en cada abrazo le daba la fuerza para enfrentar el día, le daba la energía y le signaba su suerte.

Un día Mercedes se enfermó de apendicitis, y al primer día que cayó en cama, comenzó a absorber ese temor que Román dejaba, mañana a mañana, sobre las sábanas. Al tercer día no quiso oír más esas pesimistas probabilidades de sucumbir en episodios extraños y le negó el abrazo diario. Le dijo, textualmente, que no le volvería a dar un abrazo hasta que no fuese más optimista y dejara ese temor de lado, "no vivas más asustado".

Román salió de la casa y caminó hasta la esquina obnubilado por las palabras de Mercedes, y al cruzar la calle, sin levantar la vista de los adoquines grises, el coche 54 de la línea 126 de colectivos lo embistió con toda su furia real, alejándolo más de veinte metros antes de tocar el suelo con su cuerpo inerte. Ese día, Román dejó de temer.

domingo, 4 de abril de 2010

"Aturdido y abrumado"

Resopla, bufe. Es domingo y el vagón está vacío. Sobre el marco de madera de la ventanilla, está apoyado el brazo derecho, y sobre ese antebrazo está apoyada su cabeza, mirando hacia "afuera", ahí abajo, hacia el hueco enorme que hay antes de llegar a Plaza Miserere. El tren está quieto, quizá hay demora, o por ahí se apuró mucho y ahora tiene que hacer tiempo, los domingos a la mañana no hay mucha frecuencia, y no viaja nadie. Él piensa en otra cosa, no le importa cuánto tarde, si no tiene adónde ir.

Todavía no se olvida de la cara que le puso Cecilia al abrir la puerta y verlo entre los ocho que llegaban a la fiesta. Pasó de la sonrisa más hermosa y sincera a la más sencilla mueca de desagrado. Incluso lo evitó sin disimulo al saludar a los otros siete, uno por uno, con un beso en la mejilla. Él se empeñó toda la noche en no incomodarla, pero tratando de encontrar el momento para acercársele y hablarle un poco, aunque fuera para preguntarle, sinceramente, por qué esa actitud para con él.

Se apagan las lámparas del vagón, debe haber algún desperfecto, y sólo le ilumina la cara un tubo de luz blanca lejano del hueco enorme donde se cruzan todas las vías, allí donde está el pequeño taller subterráneo. Siente el olor del azufre, y se acuerda de ella. Esa asociación lo mata... porque la primera vez que le habló fue ahí abajo. Puede que tenga que empezar a viajar en bondi, pero no puede esquivar aquella sensación toda la vida. Alguna vez va a tener que tomar el subte de nuevo, y volverá a sentir esa fragancia de clavel que se le figura al hacer contacto con el olor categórico del azufre. Para peor, es una sensación que lo atrae al mismo nivel que él la rechaza, y esa relación de amor y odio tiende a inclinarse por la debilidad, esa que lo termina volcando a viajar en subte aunque sea para sentir el olor y volver a maquinar.

La misma determinación de bajar los escalones de la boca del subte, de pasar los molinetes después de pasar el boleto, de subirse al vagón vacío y sentarse junto a la ventanilla, bajarla y asomarse; es la que lo hace seguir pensando en ella, porque todas esas pequeñas acciones forman parte del mismo acto. Y él sabe que su confusión está ganando y lo lleva por el camino de la frustración, al mismo tiempo que se acerca a la estación Pasco.

Y sabe que cuando se baje va a estar decidido a olvidarse de esa situación y que se va a ir asumiendo que estuvo mal, va a subir los escalones pensando que igual está pensando en eso, y que la debilidad sigue ganando, y que sigue imponiéndose la frustración. A todo esto ya el tren parte de Sáenz Peña.

Y es en Lima que se convence de que toda la gente que pasa por arriba de su cabeza no está pensando en las mismas cosas, y recuerda que la actividad es lo que debe mantenerlo vivo, que debe salir del pozo, que debe salir del túnel, que debe abandonar ese círculo vicioso que lo encadena al fracaso y que es pura ficción mental, creación de su cerebro aburrido.

Por eso en Perú termina de escribir estas palabras y las arruga estrujando el papel, sabiendo que el trozo de vida que él vuelca en la celulosa será triturado por alguna procesadora de basura cuando recoja la bolsa del tacho público donde él la está arrojando; aunque guarda el mínimo temor a que alguien meta la mano en la bolsa antes que el recolector, que tome este trozo de papel estrujado y permita que las palabras sigan viviendo, como aquel momento en que las escribió, y que ese pedazo de vida que él quería que fuese triturado, siga viviendo, quien sabe, si en esta, mi propia transcripción.

La rumba se ríe, no sabe si es rumba.

Hay un muerto que no volverá a vivir. Don Anselmo. Fue un momento nada más, en una eternidad. Pero un momento que lo marcó para siempre, y hay una sensación que cada vez que lo visita, lo destruye por dentro completamente, casi como cuando se anuncia el deceso de un ser querido, o quizá más. Cuando ve esos textos, cuando toca esos mismos papeles, cuando hace cálculos del tiempo pasado. Ahí es que absorbe aquella desgracia en toda su magnitud, y se traslada al momento. Lee la respuesta de sus cartas, y más le duele. Creer que sería otra vida, y uno piensa "qué estupidez", pero no, hay indicios para pensar que podría haber sido otra vida, absolutamente opuesta o diferente, ni mejor ni peor, pero donde a pesar de otros males, y a pesar de los pesares, no existiría esta sensación. La del recuerdo triste, casi melancólico, un recuerdo devastador.

Anselmo amó y ama. Pero le importaban demasiado las consecuencias como para dar un paso. Hoy sigue enamorado, de aquella sensación que supo sentir, de aquella imperfecta dama que quiso amar, aún así sin darse cuenta; sin medir las consecuencias. Qué paradoja, Don Anselmo sigue enamorado del amor, y no ha vuelto a sentir nada igual. Y qué paradoja, que por proteger aquello que había construido, no se animó a expresar ese amor genuino que lo carcomía, y hoy todo eso yace en ruinas, justamente por no haberse expresado debidamente, en aquél momento y a aquél raviol que posiblemente lo amara. Hoy ya sabe que todo lo bueno es perecedero, y preferirá ser él quien decida cuándo poner fin a esa felicidad, voluntariamente, antes de que el mismísimo destino le ponga una mano encima y se la saque cuando más la necesita. Sin embargo, ya es muy tarde, y el cielo infinito no le dio el amparo que esperaba, ni se lo hubiese podido dar aún con las mejores intenciones, tampoco aquellos rizos revolucionarios, ni muchas otras Mujeres, con mayúscula, porque merecen todo el respeto.

Y ya no es una espina, de alguna manera; porque ya no hay nada que hacer. Simplemente es una herida abierta, de esas que ya han perdido la esperanza de sanar; y cada vez que llueve, y que una gota impacta sobre la carne al rojo vivo, Anselmo grita. Este es uno de esos gritos, porque a Anselmo ya no le interesa el eco que puedan tener. Sólo grita, bien fuerte, para liberarse. Grita porque necesita desahogarse, porque recuerda imágenes, experiencias, que no han valido tanto como él creía que valían.. o que sólo han valido para él, y que otros no consideraron indispensables. Don Anselmo acepta como son las cosas, pero no se irá sin dejar claro cómo fueron para él, y qué profundidad tuvieron.

En ese momento, Anselmo baja de la bicicleta oxidada, la deja caer sobre los adoquines, da unos pocos pasos atropellados hacia el río y grita. No hay rambla, pero no piensa en tirarse, sabe que sería muy egoísta. Don Anselmo acumula ya suficientes años para entender que nunca ha estado acompañado, y que sus lágrimas no han sido en vano. Sabe que no puede darse por vencido y abandonar sus ideales, porque sería traicionase. Y a pesar de saber que todo aquello realmente existió, no confía en volver a sentir algo parecido. Quizá porque no lo desea. A fin de cuentas, siempre estamos solos... piensa.

Morirá en la gloria, eso es seguro. Y morirá contento, pero infeliz. Por la traición, por la mentira, que es lo único que le quita el sueño.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Desarraigo dantesco.

Che pibe, le dicen. Arrancó así en la edición del diario, pero ahora es el superior de todos aquellos viejitos solemnes que escriben como los dioses sobre todo aquello que sucede en su tierra día a día. El che pibe decide qué se publica, qué va al tacho, quién se queda, quién se va. Y es porque el che pibe desde que entró, a sus escasos 16 años, era muy eficiente, y hoy, a los 23 recién cumplidos, pretende despachar a los viejitos que le dieron la mano cuando él entró. Antes cebaba mate, ahora su sueldo quintuplica al de cualquier redactor, y ni hablar de los ordenanzas. Antes respondía a ambiciones personales, ahora las subordina a las de algún gran grupo empresario.

El problema es que a pesar de todo, hasta ahora se sentía bien, realizado. El che pibe, que se llama Dante, o mejor dicho, el Jefe de Redacción, empieza a sentir algo raro, que nunca sintió antes. Algo que pensó que podía ser culpa, pero que ahora va descubriendo que es otra cosa, algo como insatisfacción. Se siente un infeliz. Se siente mal porque es un forro, porque garcó a la mitad de las personas que lo ayudaron a crecer, porque se olvidó de sus orígenes, porque se dedicó a algo que no quería (su labor es más ejecutiva que periodística) y porque está con una mina a la que no quiere. Él, que vive en un departamento de Avenida del Libertador, que tiene un Audi de vidrios polarizados, y cuya novia formal y concubina es una cuasi modelito rubia que en algún momento todos se trataron de voltear; él, en realidad es Dante Carboni.

Y Dante Carboni es un pibe, todavía. Uno que salió del barrio de Parque Patricios buscando un mango para aportar al hogar, cuando sólo había para pan y vino de damajuana, cuando su madre agonizante vivía de la ilusión de que su único hijo terminara el colegio, ilusión que creyó ver cumplida, cuando Dante, al llegar todos los días de la edición, le mentía lo que había hecho en el Normal y todo lo que tenía que estudiar para el día siguiente. Hoy Dante recuerda todo eso y le duele, porque se olvidó de su viejo, que acaba de fallecer, camino al hospital, después de un paro cardiorespiratorio en el bar, viendo la definición de Huracán y Vélez Sarsfield. Y ahora es cuando se da cuenta que lo dejó morir, asesinado por la impotencia que produce la injusticia; aquella que tiene como responsable a Brazenas, y aquella que lo tiene como responsable a él, Dante, su hijo.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Viaje (primera parte)

Se sube al taxi y recita casi por instinto: "Hasta Plaza Italia". El taxista la mira, infiriendo que la muchacha lo ha dicho acostumbrada a indicarle el valor del boleto al chofer del colectivo, y ante la duda prefiere asegurar preguntándole "¿A Plaza Italia?". Ella no dice nada, distraída, así que el taxista insiste: "¿A la Plaza Italia te llevo?", a lo que la chica, muy seria, lo mira y asiente levemente con un movimiento de cabeza.

Ella mira concentrada hacia afuera, a través de la ventanilla. La abriría para sacar la cabeza y correr otros riesgos, pero el sólo hecho de ser invierno y el viento frío ya le hacen cambiar de parecer. Se apoya en el respaldo del asiento desganada, culpándose por no animarse siquiera a aprender a hacer un huevo frito sola en su departamento, temiendo el posible enchastre sobre la cocina limpia.

Reflexiona, no se fija en el recorrido, apenas conoce el trayecto hasta el punto de encuentro, para nada agradable a esas horas. Piensa, se convence nuevamente de que ella no es la que no tiene coraje, o por lo menos, no es la que debería tenerlo. Y es que es él quien tiene que arribarla, el que tiene que tomarle la mano y llevarla a comer a algún lado, ganársela y por fin llevarla a dormir a algún lado. Pero hace ya un mes que la está invitando a salir, y sólo se vieron dos veces, y hace ya cuatro meses que se conocen, y apenas uno que se hablan. Si no fuese por ella, eso ya hubiese quedado sepultado. Pero le gusta, y no está dispuesta a dejarlo pasar.


Ya hace veinte minutos que espera el 55, y sospecha que van a pasar otros quince por lo menos hasta que llegue el bondi. Putea, resopla, mira alrededor y ve pasar el 36, el 5, el 132... y en Primera Junta siguen sin haber indicios del 55. Mete la mano en el bolsillo de la campera de jean y saca el tabaco y las sedas. Se arma un pucho y mira el reloj. "La concha de la lora... todavía voy a llegar re tarde", se prende el pucho, ansioso. Por fin se asoma a una cuadra el 55, Ernesto espera que se acerque cincuenta metros y levanta el brazo para frenarlo.

"Hasta Plaza Italia" recita, automático.

jueves, 18 de febrero de 2010

La metamorfosis trivial

Ahora se cuelga cosas de las orejas, camina balanceando la cadera y moviendo los hombros a los lados, como con desinterés. Mira con desgano, y con desprecio, trata de transmitir soberbia. Eleva una ceja al hablar, como si realmente supiera lo que está diciendo, y como si realmente no le importara transmitirlo, sino exhibir su conocimiento. Muestra sus brazos musculosos, su bíceps trabajado. Se toca el pelo constantemente, para que se note que lo tiene corto y arreglado. Ya no dice las mismas cosas, ahora intenta imponer temas de conversación más banales que antes. Ahora no tiene expresiones genuinas en su rostro, intenta mantener una sonrisa constante, y le vibran los labios de tan trucha que es. Se compró ropa de marca, y busca que se note, así que es de colores bien chillones. Tiene un celular ultimo modelo, y suenan melodías reguetoneras, para que veas que está en la onda, que vive la noche.

No, señora, no se preocupe... es el mismo boludo de antes.

martes, 9 de febrero de 2010

33º 26` Sur, 70º 39` Oeste

No es Egipto, pero hay ruinas y muchas momias. Parece ser que las momias han resucitado, y quieren copar La Moneda. Las telas les cuelgan del rostro, y se desesperan por quitárselas, ya se sienten impunes. Ha culminado una etapa y parece que nunca hubiera existido, los momios quieren retroceder 35 años de historia, y despegarse de una Latinoamérica con mayúscula, que avizoraba algunos haces de luz después de tantos siglos de obscuridad política.

Nada está terminado, y siempre hay mucho por hacer, pero cómo no sorprenderse al ver que resucitan muertos que no han recibido balas, muertos que nunca nacieron, muertos sin corazón y con la sangre negra, espesa como el petróleo crudo. Cuánto resentimiento cargan esas telas amarronadas, que se han escondido durante tanto tiempo para juntar fuerzas y atropellar la dignidad, nuevamente, para sepultar la cultura, para escupir la libertad.

Hoy, Latinoamérica está de luto. No sólo por el tropiezo de la concertación, sino también porque momios sin alma transitan por La Moneda, y al mismo tiempo, almas sin cuerpo permanecen impacientes exigiendo Justicia, e invencibles reclaman, ya con la voz ronca de tanto gritar, reencontrarse con su carne militante, aquella que no envejece, aquella que sostiene, hoy más que nunca, que como dijo el Che: "la juventud es un estado de ánimo".

Algún día el odio será encerrado en las pirámides, con sus propietarios. Quizá en los Andes.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Angustia

El silencio me da miedo. Lo descubrí este año. No es miedo, es pánico… más bien angustia. Creo que pocas veces antes había experimentado angustia, como que todo se va al carajo y me está por tragar la tierra, como si se viniera el cielo abajo, casi como vértigo, pero muy adentro, en el estómago. No es la soledad, o la oscuridad lo que me genera esa fobia. Puedo estar a plena luz del día, al mediodía en la terraza de un edificio, en el techo de mi casa, o en medio del campo, a kilómetros del poblado más cercano; pero si no hay palabras, si hay un instante demasiado largo en el tiempo que se suspende sin sonidos cercanos, sin el sonido de los pájaros o por lo menos el viento, me siento sumergido en un terrible pavor que me arrastra a la penumbra mientras mi cuerpo sigue ahí parado, en medio del verde pacífico y tranquilo.

Quizás es eso lo que me aterroriza, la paz. Por ahí estoy muy acostumbrado al caos de Buenos Aires, a la familia en la casa, a los pájaros dando vueltas, a los gritos de las vecinas, a los autos pasando. Y es que no estuve muchas veces en silencio, o sin inventarme algo para hacer, por más mínimo o estúpido que fuera. En silencio sobre todo, porque saber que hay alguien haciendo ruido me devuelve un poco a la realidad, pero si todos se acuestan a dormir y yo sigo ahí, pensando, me vuelve a tragar mi propio estómago, y se me comprime el pecho. Por ahí me da miedo pensar, porque cada vez que pienso asumo cosas y me preparo para enfrentar otras, crezco, avanzo, y quizá prefiero permanecer en ese letargo que no está bien ni mal, que es el presente, y que quiero detener. Quizá me da miedo el futuro, y el estar haciendo algo me permite olvidarme que el tiempo está pasando, segundo a segundo, hora a hora, semana a semana, año a año.

Creo que por eso escribir me es tan placentero, por más que escriba pura mierda. No me doy cuenta que está pasando el tiempo, no advierto el devenir del mañana; pero desarrollo el mismo procedimiento que si pensara, y revuelvo en lo más íntimo, aunque a veces no encuentre las palabras exactas para decirlo, o no me anime a escribirlas. Por ahí es como no hacer nada, porque escribir puede cambiar el mundo, pero que yo escriba no cambia nada. Por ahí me da miedo que los demás vean que no hice nada, o que no estoy haciendo nada, o me da miedo no hacer nada, quedarme quieto, estable, reflexionando. Quizá escribir es una excusa para no hacer nada y poder pensar tranquilo, teniendo algo para decir “no, mirá, estaba escribiendo” o para decírmelo a mí. Si lo pienso un poco creo que es eso, de repente estoy convencido de que me da miedo no hacer nada, porque siempre planifico, intento hacer algo para no estar quieto, aunque después me ganen las circunstancias y habiendo pensado cinco cosas para hacer, me vea impedido de iniciar ninguna y me quede ahí, pensando lo que debiera haber hecho, e inventándome algo para hacer después.

Debe ser eso lo que me permite reaccionar a la noche. A veces creo que sólo me funciona la cabeza de noche, a partir de la medianoche; que necesito que la oscuridad me aplaste para poder pensar y hacer. Y justo cuando me acuesto me viene todo a la cabeza y me anoto en papelitos que pierdo y que después no leo y termino tirando, todo lo que tengo que hacer al día siguiente, cosas que por lo general acabo de realizar recién a fin de año, o quizás que no haré nunca, que todavía no hice. Y en ese momento cuando lo anoto maldigo, porque en parte sé que no lo voy a hacer nunca, y porque la noche, Buenos Aires, o la puta Tierra me impiden hacer esas cosas en ese momento, cuando realmente tengo las ideas, las ganas y los métodos para realizarlas, pero carezco de infraestructura, de decisión y de voluntad física.