martes, 19 de agosto de 2014

Franco

Anselmo es Franco. Y Franco es Anselmo. En cada una de sus partes. En toda su inmensa pequeñez. En su sencillez, y en todas sus complejidades.

Franco quiere ser Anselmo, pero la vida no lo deja. No sé si se la hace más fácil o si se la complica más. Pero la vida no lo deja. Entonces, es Franco.

Sufre tanto como Anselmo. Quizás más. Cayéndose y volviéndose a levantar, insiste. Tozudo, terco, envejece el doble de lo que los rodean. Envejece aún más rápido que Anselmo, que nació viejo. Anselmo nunca podrá expresar esa sensación que empuja a Franco a escribir, y que Anselmo cree que todos sienten.

Anselmo no entenderá jamás ese vacío que a Franco le brota del pecho. Ese vacío que le dice que al fin y al cabo, estamos solos en la vida. Que no hay nadie que pueda estar tan cerca de su corazón como para susurrarle todas las mañanas que tiene que levantarse y seguir. Que nadie podrá nunca estar tan cerca de su corazón para hacerle creer que no está tan solo en esa gran batalla que es la libertad.

Esa tristeza inconmensurable que es saber que en el fondo, lo único que hay, es uno solo, con su ser.

Y esa tristeza también, es solo una más.

martes, 29 de julio de 2014

Potencia

Anselmo contempla el cielo negro y piensa. Repasa sus motivaciones de antaño. Cuestiona su desgano para con la vida. Reflexiona y deduce que algo de todo eso cambió. Que se diluyó su entusiasmo para pelear con algunos de esos molinos de viento. Que ya no cree que ese sea el método ideal para producir las transformaciones que desea.

Mira el cielo negro y no ve dónde está toda esa construcción. Sabe que lo que pensó que dejaría en pie corre peligro. Todavía es algo. Todavía es una idea. Todavía es potencia. Podría ser nada. Pero sabe que no habrá un legado. Que su obra aún no existe. Que el acto todavía está por nacer.

Y se pregunta si alguna vez existirá.

domingo, 29 de junio de 2014

De papel y de madera

El escritorio es de roble. Encima, papeles que Anselmo sabe que debe revisar. Allí descarga todo el peso acumulado de la jornada al final de cada día. Llega, abre su morral negro y empieza a sacar cosas: recortes de diarios, volantes que recibió en la calle, algún pedazo de afiche arrancado, bocetos de ideas gráficas, papelitos con anotaciones. Todo lo que deja para ver después, que durante el día va a parar al morral, llega a su casa y lo vuelca sobre el escritorio. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes. Sábado. A la pila se suma alguna camisa o remera usada, algunos fixtures del mundial sin estrenar, cuadernos, libros, una cámara de fotos, cables y hasta una pequeña radio portátil china muy berreta.

Cuando Anselmo llega en la madrugada del domingo, después de una noche de sábado muy larga, deja la billetera, las llaves, y vacía los bolsillos arriba de toda esa pila. Cuando despierta, evita dirigir la mirada para ese lado. Atraviesa la habitación como si todo eso no estuviera, lo niega. Vuelve, más tarde. Sabe que tiene que hacer todo lo que no hizo en la semana, y revisar todo eso que acumuló. Mira la pila de cosas. Empieza a separar. Lo que es del trabajo se acumula en una nueva pila, esta vez en el piso. Al lado, lo de la facultad. Al lado, todo el material político. Al lado, el descarte. Vuelve a acumular todo, pero al costado. El escritorio queda vacío.



Mientras ordena, Anselmo pone música. De vez en cuando interrumpe el proceso para tomar un mate, o para ordenar la ropa que se amontona también al costado de la cama, o los papeles de la mesa de luz. Es automático. Está concentrado en lo que hace, pero también hay un segundo escenario en su cabeza, donde reflexiona sobre los aspectos más profundos de su vitalidad. Se cuestiona si tiene un rumbo, si tiene objetivos. Se imagina cometiendo errores, proyectando futuro. Repasa lo que ha hecho, sus vergüenzas y arrepentimientos. Luego recuerda sus méritos, su orgullo. Se castiga. Se reprocha una y mil cosas. Se sienta en el escritorio, advierte que terminó de ordenar, y se propone empezar a trabajar. A revertir todo eso que lo disgusta.

Ya son las doce, habría que cenar y dormir. Mañana Anselmo trabaja desde temprano. Seguirá escuchando música. Comerá algo frugal y se acostará a dormir. Escuchando la radio, respondiendo mensajes o emails verá que son las dos de la mañana. Apagará la luz. No podrá dormir. Se le cruzarán cientos de ideas brillantes, de objetivos y de tareas a realizar al día siguiente y durante la semana. Se va a levantar para anotarlas y no olvidar. El papelito quedará arriba del escritorio vacío. 

Mañana, cuando vuelva del trabajo y de yirar por Buenos Aires, vaciará su morral arriba de ese papel. Quedará sepultado por el lunes. Después vendrán las paladas de tierra del martes, miércoles, jueves y viernes. El sábado será el entierro definitivo de sus ilusiones. El domingo serán descartadas, entre tantas otras cuestiones sin importancia. 

Anselmo se seguirá levantando a la mañana, de lunes a sábados. Esa, al menos, es una de sus ilusiones.-

martes, 27 de mayo de 2014

Pavura

Anselmo se inclina hacia adelante y agacha la cabeza. Sobre la espalda desnuda se suicidan las gotas de agua hirviendo que se lanzan desde lo alto del inmenso manto negro que lo recubre. Por el cuello se deslizan las lágrimas del cielo, satisfechas de intentar torturarlo. No saben que lo calman, que liberan sus muecas de dolor y lo redimen. Los poros escupen miseria y vergüenza, la escoria que no volverá. Su pelo se desvanece y se avejenta al pensar. Su mente no sólo tiene memoria. Su cráneo alberga algo más que esas canas grisáceas.

Pocas veces el recuerdo lo somete al llanto. Lastimoso, se retuerce en la culpa para poder sufrir. Es su pesar profundo el que transformó a la muerte. No habrá forma de transformar su pecho glorioso en cruda pena traicionera. El cuore rebota contra el pecho una y otra vez. Se le escapa queriendo partir sin rumbo. Las costillas no alcanzan a contener tanto dolor inyectado en su sangre. Las venas estallan sintiendo el pavor. Pavura ansiosa, incontenida.

Su cuello se encoge y resurge el dolor. Las rodillas se quiebran. Su cuerpo reducido e inerte parece un solo miembro a simple vista. No hay ojos, ni lengua, ni orejas. Las lágrimas se desvanecen en todo su interior. Es su inercia, es su culpa que lo encierra.

Extraña. Anselmo extraña. Lamenta saber que recordará siempre a aquel que no cedió ante la culpa. Le da miedo olvidar. Pero otra es su inquietud. Otro es el fantasma que no lo deja dormir. Su verdadera angustia es saber que aquel que se fue jamás lo recordará a él como quien siguió sus pasos.


viernes, 17 de enero de 2014

Contracción (ruidos diversos hay en la noche)

El hombre se calló la boca. Hizo silencio. Pasaron años y sólo leía y contemplaba. Su silencio, cada vez más atronador, era el lastimoso gesto de dolor que no transmitían sus manos al apretar los lomos de esos libros. Voraz, acababa con cada página sin el más mínimo descanso. En el reflejo de sus ojos se podía ver la resignación hecha carne y fuego. En su iris estaba esa lágrima fundida que seguía amordazada y encadenada a su memoria. Sus carceleros, esas cicatrices de tanza no permitían que se escurriera por su mejilla, resquebrajada y seca.

Arremangada, esperaba sentada en su cama. No sabía qué. Pero hacía años que esperaba, observando detenidamente sus dedos, como si de allí pudieran brotar raíces de fulgor. Esa fuerza que le oprimía el pecho llevaba sus latidos hasta la vista. Los ojos, inyectados en sangre, latían al ritmo revolucionario de su corazón. Cada latido era un fogonazo de su fusil imaginario. Algo de ella percibía la vida y la muerte de su habitación. No sabía ella qué era lo que esperaba. Tampoco sabía que las paredes que la rodeaban habían sido regadas de sangre, en la ejecución de aquellos hombres y mujeres que gemían como calandrias ante la tortura, sin resignarse a sentir el amor.

Él lo sabía, pero callaba su dolor y se obligaba a soportarlo, desgarrador y cobarde. Ella percibía la fuerza de esas manos tensas y retorcidas, esas que resistían la picana y el azote, inmersas en agua mugrienta, sangre, sudor y lágrimas. Los músculos contraídos, tirantes y violentos le oprimían las sienes. Esa fuerza arrancaba su propio pellejo y salía por sus poros, en su respiración apasionada, y volvía a entrar a su cuerpo, recorriendo todo su pecho y atropellando su torrente sanguíneo hasta querer salir.

Esa sangre de lucha jamás hubiera soportado vivir encerrada.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Hoy está solo, mi corazón.

En ese silencio está ella. En ese instante en que dejo a mis ojos buscar el lugar más lúgubre para reposar la vista. En ese fugaz momento en que la mirada se pierde sin saber adónde, esa milésima de segundo en la que no recordaré qué fue lo que buscó mi pensamiento. Ahí está ella, siempre, persiguiéndome.

Al recuperar la conciencia podré notarlo. En esos momentos en que mi mente viaja, la verdad se halla en otra dimensión. Y en esa otra inmensa realidad del alma, lo único que existe es ella, con su cuerpo, con su alma. Con su silueta, en las sombras. Con su mueca risueña, en la oscuridad. Con su fingida pero impenetrable fortaleza para poder arrancar de cuajo las ilusiones.

No importa qué desee. Siempre dirá que no. Sea un beso. Sea su cuerpo. Sea tan sólo la plácida tranquilidad de saber que en su interior hay algo parecido a lo mío, entre tanta tripa y corazón. Dirá que no pero no dejaré de pensar que existe la preciada certeza de que hay algo. Algo que a pesar de que jamás se encarnará en sus ojos, ni en sus manos, ni en sus piernas, arrastra a su mente a pensar en algo mío.

Existe allí, lejanamente, tan sólo la minúscula sensación de que le importo. De que al menos posará en mí su conciencia, algunos instantes, cuando ya nada mío exista sobre la faz de esta tierra.

 

En vano yo alentaba 
febril una esperanza. 

Clavó en mi carne viva 
sus garras el dolor; 
y mientras en las calles 
en loca algarabía 
el carnaval del mundo 
gozaba y se reía, 
burlándose el destino 
me robó su amor. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

La patria es el otro

No es casual que el cielo derrame sus lágrimas, caprichoso, cuando volvemos a levantar las banderas de los militantes de ayer y hoy, también los de mañana. No en vano decidimos integrarnos a un colectivo que no tiene héroes, próceres o mártires, sino protagonistas de la historia y de la lucha, compañeros que dieron su vida por una patria más justa, por los descamisados, los que fueron condenados a la marginalidad por un minúsculo grano de pus, en medio de una humanidad tan heterogénea.

El fuego no puede sino recordarnos las quemaduras de aquellos que dieron su cuerpo, las llamas protegen ese espíritu que los llevó a la vida eterna. Las lágrimas no pueden sino evocarnos el sufrimiento de callar, ante la interrogación siniestra de una inquisición política. La sangre no puede sino reafirmarnos en la certeza profunda del compromiso real por el otro. El otro que no es ajeno a uno mismo. Porque cuando se ama, no se puede sino amar a otro. Cuando se sufre, no se puede sino sufrir por otro. Nada seríamos, nada haríamos, nada querríamos hacer, sin la inevitable emoción por el otro. Por qué dejarlo de lado ahora, justo ahora, cuando debemos decidir por el destino de un pueblo que lo tiene no como participante, sino como mismísimo protagonista.

Somos el otro. Somos ese que nunca debió ser marginado. Somos la sangre de los caídos, la carne desgarrada del torturado. Somos el frío de los huesos del descamisado, y el sudor de la frente del peón explotado. Somos el fuego, el agua, el aire y la tierra. Somos la vida, el amor, la tristeza y la alegría. No somos miedo. No somos uno. No somos odio ni represión. No somos mierda ni hipocresía. Somos la organización del pueblo, somos el pueblo organizado. Somos la militancia que nunca cesa, la transformación pendiente. Somos ayer, somos hoy, somos mañana. Fuimos ayer, seremos siempre. La patria es eso. La patria es el otro.

El agua alivia, pero condena. No salva al pobre ni al marginado, porque lo arrastra y lo desguarnece. Diluye el odio, desangra el alma. Desata nudos y arrumba puentes. Inunda camas y abre las puertas de allí, de ese lugar tan cercano, pero tan distante. En el agua de lluvia se confunden las lágrimas de los que, insomnes, rehusamos refugiarnos bajo un techo. Los que, indignos y avergonzados, nos ponemos a la par de aquel otro que desea poder elegir. En el agua se apagan los fuegos del odio, pero nunca se acallará nuestro espíritu.

domingo, 30 de junio de 2013

Gracias, compañero.

Hay presencias que son tan fuertes, tan potentes y reales, que en los momentos en que uno quisiera poder verlas no necesitan corporizarse para demostrar que están ahí. Son quienes envían su emoción desde dondequiera que estén, para que a uno no se le olvide que siguen pendientes de lo que nos pasa, porque no abandonan, porque estuvieron siempre y lo estarán. Porque a veces hasta se permiten confiar un consejo, hacer oir su voz, mostrarse en el rostro de algún otro. Un anónimo en el subte, en el colectivo o en la calle, que por un segundo, o menos, se convierten en quien dio la vida por la patria, el que dio la vida por el otro. Porque la patria y el otro son lo mismo.

Dar el ejemplo fue la premisa de todos ellos, en este caso de uno, que estuvo tan presente en estos días, y no me imagino lo que lo va a estar en los próximos meses. De ese compañero aprendí mucho. Pero sobre todo aprendí a asimilar una gran lección, una enorme filosofía que me marcó a fuego (hasta en la piel) y que espero ser digno para poder honrar. Me enseñó que hay solo dos opciones para elegir en la vida, y él eligió una para consagrar su alma en la lucha revolucionaria: libres o muertos, pero jamás esclavos.

Que se levanten todos!

martes, 4 de junio de 2013

Pupila profunda.

Son los labios. Lo que lo vuelve loco son sus labios. Los labios, la piel, la voz y el pelo. Lo vuelve loco esa piel, el color casi moreno, pero tez clara al fin. Suave pero curtida, piel sensible. Le gusta esa piel, pero no puede tocarla. Quizá nunca la haya sentido. ¿Cómo puede estar seguro de esa textura? La voz tenue, segura pero quebradiza. Femenina. Seductora. Cuando habla, sus palabras parece que la desnudaran. No puede evitarlo. Sólo puede seducir. "Quizá elige las palabras", piensa. Como si tuviera esa intención, al hablar distrae. No importa de lo que hable. El pelo negro, largo y lacio. Pelo azabache de femme fatal. Común, pero hermoso, de morocha argentina.

La pera. Siente la yema de su pulgar acariciando esa curva minúscula, perfecta. Se imagina cerca, cara a cara, a centímetros, sintiendo su aliento. Los otros cuatro dedos arrastrándose sedosamente en la mejilla. A ella se le escapa una mueca risueña. Se le hacen pocitos en el cachete. Sube la mirada a sus ojos. Se la encuentra, en esa inmensidad marrón oscura. Jamás podrá penetrar ese punto negro donde se esconde su alma. Pupila. Jamás sabrá lo que pasa allí dentro. Profunda. Jamás la conocerá bien.

La mano izquierda. Aparece ella, viva. Lo acaricia. Se deshace. Él escucha dos palabras, en voz baja. Casi inaudibles. Quebradas. “Te amo”. Muere por creerle, pero no. Eso lo distancia. Él se pone a su merced, ido en sinceridad. Responde igual. Su tono refleja la entrega. Le tiembla el pulso. Gira la mano. Esta vez la acaricia con el revés, quizá más sensible aun. Entrecierra la mano, suavemente. Arrastra sólo el revés de las falanges. Ella cierra los ojos, lentamente. Anselmo despierta.


Va al escritorio, prende una vela, toma la pluma y escribe. Al terminar, piensa en meter la hoja en un sobre, en echarlo en su buzón. “No”, se siente violentado. Sufre. Si hubiera una cartelera, quizá, un lugar público donde pudiera exhibirlo... Anselmo va y la arroja al baúl. Un viejo baúl apolillado. Sabe que ella jamás la va a leer, pero la guarda en vez de quemarla. Muy en el fondo guarda alguna esperanza. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Ni las peores tormentas podrán aplacar nuestras furibundas ansias de seguir viviendo.