martes, 4 de junio de 2013

Pupila profunda.

Son los labios. Lo que lo vuelve loco son sus labios. Los labios, la piel, la voz y el pelo. Lo vuelve loco esa piel, el color casi moreno, pero tez clara al fin. Suave pero curtida, piel sensible. Le gusta esa piel, pero no puede tocarla. Quizá nunca la haya sentido. ¿Cómo puede estar seguro de esa textura? La voz tenue, segura pero quebradiza. Femenina. Seductora. Cuando habla, sus palabras parece que la desnudaran. No puede evitarlo. Sólo puede seducir. "Quizá elige las palabras", piensa. Como si tuviera esa intención, al hablar distrae. No importa de lo que hable. El pelo negro, largo y lacio. Pelo azabache de femme fatal. Común, pero hermoso, de morocha argentina.

La pera. Siente la yema de su pulgar acariciando esa curva minúscula, perfecta. Se imagina cerca, cara a cara, a centímetros, sintiendo su aliento. Los otros cuatro dedos arrastrándose sedosamente en la mejilla. A ella se le escapa una mueca risueña. Se le hacen pocitos en el cachete. Sube la mirada a sus ojos. Se la encuentra, en esa inmensidad marrón oscura. Jamás podrá penetrar ese punto negro donde se esconde su alma. Pupila. Jamás sabrá lo que pasa allí dentro. Profunda. Jamás la conocerá bien.

La mano izquierda. Aparece ella, viva. Lo acaricia. Se deshace. Él escucha dos palabras, en voz baja. Casi inaudibles. Quebradas. “Te amo”. Muere por creerle, pero no. Eso lo distancia. Él se pone a su merced, ido en sinceridad. Responde igual. Su tono refleja la entrega. Le tiembla el pulso. Gira la mano. Esta vez la acaricia con el revés, quizá más sensible aun. Entrecierra la mano, suavemente. Arrastra sólo el revés de las falanges. Ella cierra los ojos, lentamente. Anselmo despierta.


Va al escritorio, prende una vela, toma la pluma y escribe. Al terminar, piensa en meter la hoja en un sobre, en echarlo en su buzón. “No”, se siente violentado. Sufre. Si hubiera una cartelera, quizá, un lugar público donde pudiera exhibirlo... Anselmo va y la arroja al baúl. Un viejo baúl apolillado. Sabe que ella jamás la va a leer, pero la guarda en vez de quemarla. Muy en el fondo guarda alguna esperanza. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Ni las peores tormentas podrán aplacar nuestras furibundas ansias de seguir viviendo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Será

Será que a veces las palabras no alcanzan para decir lo más obvio. Será que a veces lo que presuponemos que no debe decirse, es lo único que había que hablar. Será que los hombres tan sólo somos víctimas de nosotros mismos. Será que el dolor a veces es mi único motor.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Ojalá.



A veces, tan solo con los ojos basta.
A veces, basta tan solo con oír. 
A veces, alcanza con el mero roce.
Quizá sentir es así de fácil.
Sin análisis.
Sin complejas elucubraciones.
Sin más que la piel curtida y el corazón gastado.

Quizá sean los seres más simples los que aman más.
Los que sufren más.

Quizá vos sientas menos. 
Quizá no te emociones.

Quizá yo me equivoque.

Ojalá.

lunes, 29 de octubre de 2012

Lágrimas negras

Es fácil encontrarse sólo bajo el crepúsculo cálido de la primavera tardía, con el cuerpo tieso en la quietud, con el espíritu inquieto en el dolor del corazón y el alma. Es fácil caer, en esas circunstancias, en la aseveración de que "no hay nada peor" algo. No me importa. No hay nada peor que llorar sólo, en una noche templada, por el dolor profundo de la pérdida. No tener una razón para quejarse del clima, no tener dónde refugiarse en una preocupación distinta, esquivar las demás, las que parecen más serias ante la banalidad, las que tienen que ver con las obligaciones inmediatas, pero tener una buena razón para sentir el alma desgarrada por la angustia, y sólo contar con la compañía de la soledad para confirmarlo, es sencillamente un suplicio.

Querer gritar esas sensaciones sumido en el desconsuelo, y no tener voz ni palabras para hacerlo, es aún peor.


domingo, 14 de octubre de 2012

Humanidad


Ventarrón de aire denso y puro
manto de piel tersa, brillante
tus ojos cerrados en un gesto sincero
las rosas de tu vestido blanco sin mangas
tus brazos esbeltos
los hombros cargando la mochila de cuero
la espalda erguida y revolucionaria,
los codos junto al cuerpo.

Luz suave, que no te abandona
tu expresión pura de libertad
tu presencia libertaria, junto al agua clara
la vida, que irradia de tu pecho.
mi amor, que se desvanece en tus rizos.


(04/04/10 - 19.59)

Y sin embargo...


Pero tras tanta pena, tanta miseria, tanto castigo y turbulencia para aquellos que no han elegido pisotear, renacen ciertos sonidos, nervios tensados como cuerdas de un violín, o de una guitarra. Y todo eso se lo debemos a muy pocos tipos (dentro de tanta inmensidad de carne), que en su mayor parte padecieron la desgracia, y que la transformaron en eso tan único sobre esta tierra y en toda la inmensidad del cielo infinito.


(16/03/11 - 00.19hs)

El muro de la experiencia

Cuando uno es muy chico, le hablan "desde la experiencia", y a cada consejo, orden o noción transmitida, la acompañan con un "ya lo vas a entender, cuando seas grande". Así se hacen tabú muchas cuestiones, generalmente de las más trascendentales de la vida, las más incómodas también para plantearle a un pibe que todavía es muy guacho, se imponen barreras generacionales que dirimen la pertenencia o no a determinados grupos sociales.

Así, a todos nos han mantenido al margen de distintos asuntos, hasta que cumplimos la edad suficiente para participar de las conversaciones, o hasta que realizamos o atravesamos el hecho fundacional que se imponía como barrera. Funciona cuando sos muy chiquito en los temas que suponen conflictos de amistad, funciona también en lo referido al sexo. Las relaciones de pareja, los vínculos amorosos, la política. Son espacios vedados a aquel que no haya votado alguna vez, que no haya garchado o estado de novio o de novia.

Pasa también con la muerte. Y pucha que tiene sentido a veces que el que nunca se echó un polvo diserte sobre posiciones en la cama, o que el que nunca formó parte de un equipo de fútbol critique a los jugadores de un club, que el que nunca debió levantarse a la madrugada para ir a laburar, juzgue a otros de vagos. Porque con la muerte sucede eso.

Un tipo que jamás sufrió la pérdida de un ser querido, no habla igual de la muerte, no entiende igual a la muerte, que el otro que la ve de cerca. Por eso, cuando yo escribo esto, pretendo hacerlo dirigido a quienes se encuentran en mi situación. Ni aquellos que no han sufrido nunca una pérdida tan grande, ni aquellos que se cansaron de dar muerte con sus propias manos, ni aquellos que de tanto enterrar anónimos, quizá hasta han perdido la noción de su propia vida. Ellos tendrán su propia historia, su experiencia, y percibirán la realidad desde esa óptica. Yo lo hago desde la mía. Ni más, ni menos válida que la de aquellos que se encuentran en similares circunstancias.

Y es que cada vez que uno atraviesa esas barreras, pasa a pertenecer a otra cosa y deja de pertenecer de aquella anterior. Se derrumban muchos muros, pero se elevan otros nuevos donde no existían. La muerte muchas veces supone eso, aunque no debiera. Si dar vida a menudo no distancia a quienes lo han hecho de quienes no, la muerte no debería imponer lejanía entre los que han sido tan cercanos. ¿Qué mierda es lo que nos lleva a soportar esa separación, si al fin y al cabo, todos nacemos, todos morimos, todos amamos y odiamos? ¿Qué mierda nos separa tanto? Si después de todo, lo único que queremos es estar juntos.

domingo, 26 de agosto de 2012

Quiero que hablemos, jipi.

Me duele el alma. Me duele por primera vez en serio.

La vida nos da sorpresas, y esas son las que desgarran el alma como una tela tajeada por el puñal del destino. Tengo la necesidad de hablar con alguien. Antes me surgía la necesidad de escribir. Hoy me surge la necesidad de hablar con alguien. La diferencia es clara, y enorme. El peronismo entiende que somos personas, que tenemos emociones y que sentimos, que las cosas no siempre pasan por el materialismo. En este caso, la cercanía con el peronismo jamás me había permitido incorporar a mi lastre, a mi historia personal, una experiencia real de pertenencia a la sociedad. Aunque hubiese formado parte de grupos, muchos grupos, nunca había sentido que aquello realmente fuera algo por lo que valía la pena vivir y morir, dejar la vida en ello.

Hoy sí, ya no tengo cercanía con el peronismo, sino pertenencia. Hoy descubro por fin que aquello que alguna vez me imaginé, realmente es posible, y es tal cual lo imaginaba. Sólo que ahora lo siento, y esa diferencia es enorme. A uno le pueden contar muy bien qué se siente cuando se quema con fuego. Puede llegar a imaginar las sensaciones, y posiblemente logre compenetrarse mucho y casi "sentir" la quemadura. Pero cuando uno se quema, no puede sino recordar esas descripciones y palpar cada milímetro de padecimiento.

Es muy distinto hablar que escribir, o escribir que hablar. En parte por la elección de las palabras, pero mucho más por la velocidad del razonamiento, porque afecta profundamente el rumbo que la mente decide tomar ante cada incógnita o encrucijada. Si antes sentía la necesidad de escribir, es porque quería reflexionar cosas que naturalmente no me hubiera puesto a pensar sólo. Necesitaba confrontar con el papel y el lápiz para repensar y elaborar conclusiones.

Ahora, por el contrario, siento decisión, tengo claridad, aún en mi desconocimiento, mi incapacidad, inexperiencia, y cuántos demás defectos que me aquejan tan sólo por ser joven, pero también por no haber tenido la oportunidad o la voluntad de aprender. Tengo la necesidad de hablar porque no quiero reflexionar más en qué pensar, en qué decir, o incluso en qué sentir. Ahora quiero compartirlo realmente, y para ello es necesario poner al servicio de la comunicación a todos los sentidos.

Necesito ver a alguien a los ojos, tomarle la mano y sentir su respiración, su calidez, su textura. Necesito oir respuestas, gemidos, llantos y risas. Necesito que me aprieten el brazo para expresar una contestación, y al mismo tiempo oler la fragancia que acompaña a esa persona. Necesito escuchar mi propia voz pronunciando cosas que tan fuertes se erigen dentro mío. Necesito escuchar que esa voz se quiebra al asumir una realidad.

Esa necesidad surge del hecho de haber compartido todo aquello que es el basamento de lo que tengo adentro, con esa persona a la que le quiero hablar. Esa necesidad surge de que ya no sirve escribir solamente, sino que me es necesario sentir y hacer sentir, pensar y hacer pensar, con los sentidos a flor de piel. Con la realidad palpable de la existencia, la vida.

Me duele el alma porque la persona con la que quiero hablar ya no está. No me escucha, no me siente, no me mira ni me huele. No tengo forma de expresarle algo y esperar su respuesta, desde el gesto, desde la mirada, la respiración agitada o los latidos más fuertes de su corazón. No tengo forma de esperar su reacción, y guiarme con ella por un sendero de liberación. No puedo sacar todo eso que guardo adentro, ni puedo ponerlo al servicio de la liberación de la patria, si no estoy seguro de que pueda causar un bien a esa meta. El único que podía ordenar esos nudos, aún sin que yo los exteriorizara de esta forma, era un compañero del alma, del espíritu, de la confluencia de todo aquello que me compone en forma física y metafísica.

Me duele el alma porque te fuiste, Rolo.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La dulce espera de lo lejanamente inevitable.

Una dulce espera que a Anselmito le produce urticaria. Una dulce espera que de dulce no tiene nada. Una espera muy rara, porque no da ningún indicio de lo inminente, de lo que está por suceder. Anselmito siente ese instante de ansiedad y pavor que invade al hombre cuando sabe que algo está por caer. No sabe qué es lo que pasa, desconoce la causa de esa extraña sensación. Quién fuera oráculo para conocer el futuro, para sacarse esa duda incesante sobre lo que inevitablemente va a acontecer. Qué esperar, cuando todo lo posible ya ha sucedido, y el corazón no alberga la más mínima esperanza de que se produzca lo remoto, lo inimaginable, lo pretendido. Qué esperar, cuando el único combustible no es la fe, sino la energía, el trabajo, aburrido, monótono, desgastante, lacerante y destructor, a la vez causa de todo orgullo eventual.

De dónde sacar fuerzas, cuando el fruto deseado es producto de ese esfuerzo imposible, lejano, inalcanzable. Dónde recostarse para no ser encontrado por la culpa, para recobrar fuerzas sin la zozobra, sin la inquietud permanente y solapada de que se está perdiendo tiempo, ese tiempo fabuloso, veloz y escurridizo que sólo nos permitirá disfrutar de la obra terminada en la brevedad del después, ese después que nunca llega, y que después de encontrarlo, consumido, al borde de un horizonte, resulta ser el precipicio inacabado al que nunca se hubiera querido llegar.