Será que a veces las palabras no alcanzan para decir lo más obvio. Será que a veces lo que presuponemos que no debe decirse, es lo único que había que hablar. Será que los hombres tan sólo somos víctimas de nosotros mismos. Será que el dolor a veces es mi único motor.
sábado, 22 de diciembre de 2012
lunes, 19 de noviembre de 2012
Ojalá.
A veces, tan solo con los ojos basta.
A veces, basta tan solo con oír.
A veces, alcanza con el mero roce.
Quizá sentir es así de fácil.
Sin análisis.
Sin complejas elucubraciones.
Sin más que la piel curtida y el corazón gastado.
Quizá sean los seres más simples los que aman más.
Los que sufren más.
Quizá vos sientas menos.
Quizá no te emociones.
Quizá yo me equivoque.
Ojalá.
lunes, 29 de octubre de 2012
Lágrimas negras
Es fácil encontrarse sólo bajo el crepúsculo cálido de la primavera tardía, con el cuerpo tieso en la quietud, con el espíritu inquieto en el dolor del corazón y el alma. Es fácil caer, en esas circunstancias, en la aseveración de que "no hay nada peor" algo. No me importa. No hay nada peor que llorar sólo, en una noche templada, por el dolor profundo de la pérdida. No tener una razón para quejarse del clima, no tener dónde refugiarse en una preocupación distinta, esquivar las demás, las que parecen más serias ante la banalidad, las que tienen que ver con las obligaciones inmediatas, pero tener una buena razón para sentir el alma desgarrada por la angustia, y sólo contar con la compañía de la soledad para confirmarlo, es sencillamente un suplicio.
Querer gritar esas sensaciones sumido en el desconsuelo, y no tener voz ni palabras para hacerlo, es aún peor.
Querer gritar esas sensaciones sumido en el desconsuelo, y no tener voz ni palabras para hacerlo, es aún peor.
domingo, 14 de octubre de 2012
Humanidad
Ventarrón de aire denso y puro
manto de piel tersa, brillante
tus ojos cerrados en un gesto sincero
las rosas de tu vestido blanco sin mangas
tus brazos esbeltos
los hombros cargando la mochila de cuero
la espalda erguida y revolucionaria,
los codos junto al cuerpo.
Luz suave, que no te abandona
tu expresión pura de libertad
tu presencia libertaria, junto al agua clara
la vida, que irradia de tu pecho.
mi amor, que se desvanece en tus rizos.
(04/04/10 - 19.59)
(04/04/10 - 19.59)
Y sin embargo...
Pero tras tanta pena, tanta miseria, tanto castigo y turbulencia para aquellos que no han elegido pisotear, renacen ciertos sonidos, nervios tensados como cuerdas de un violín, o de una guitarra. Y todo eso se lo debemos a muy pocos tipos (dentro de tanta inmensidad de carne), que en su mayor parte padecieron la desgracia, y que la transformaron en eso tan único sobre esta tierra y en toda la inmensidad del cielo infinito.
(16/03/11 - 00.19hs)
El muro de la experiencia
Cuando uno es muy chico, le hablan "desde la experiencia", y a cada consejo, orden o noción transmitida, la acompañan con un "ya lo vas a entender, cuando seas grande". Así se hacen tabú muchas cuestiones, generalmente de las más trascendentales de la vida, las más incómodas también para plantearle a un pibe que todavía es muy guacho, se imponen barreras generacionales que dirimen la pertenencia o no a determinados grupos sociales.
Así, a todos nos han mantenido al margen de distintos asuntos, hasta que cumplimos la edad suficiente para participar de las conversaciones, o hasta que realizamos o atravesamos el hecho fundacional que se imponía como barrera. Funciona cuando sos muy chiquito en los temas que suponen conflictos de amistad, funciona también en lo referido al sexo. Las relaciones de pareja, los vínculos amorosos, la política. Son espacios vedados a aquel que no haya votado alguna vez, que no haya garchado o estado de novio o de novia.
Pasa también con la muerte. Y pucha que tiene sentido a veces que el que nunca se echó un polvo diserte sobre posiciones en la cama, o que el que nunca formó parte de un equipo de fútbol critique a los jugadores de un club, que el que nunca debió levantarse a la madrugada para ir a laburar, juzgue a otros de vagos. Porque con la muerte sucede eso.
Un tipo que jamás sufrió la pérdida de un ser querido, no habla igual de la muerte, no entiende igual a la muerte, que el otro que la ve de cerca. Por eso, cuando yo escribo esto, pretendo hacerlo dirigido a quienes se encuentran en mi situación. Ni aquellos que no han sufrido nunca una pérdida tan grande, ni aquellos que se cansaron de dar muerte con sus propias manos, ni aquellos que de tanto enterrar anónimos, quizá hasta han perdido la noción de su propia vida. Ellos tendrán su propia historia, su experiencia, y percibirán la realidad desde esa óptica. Yo lo hago desde la mía. Ni más, ni menos válida que la de aquellos que se encuentran en similares circunstancias.
Y es que cada vez que uno atraviesa esas barreras, pasa a pertenecer a otra cosa y deja de pertenecer de aquella anterior. Se derrumban muchos muros, pero se elevan otros nuevos donde no existían. La muerte muchas veces supone eso, aunque no debiera. Si dar vida a menudo no distancia a quienes lo han hecho de quienes no, la muerte no debería imponer lejanía entre los que han sido tan cercanos. ¿Qué mierda es lo que nos lleva a soportar esa separación, si al fin y al cabo, todos nacemos, todos morimos, todos amamos y odiamos? ¿Qué mierda nos separa tanto? Si después de todo, lo único que queremos es estar juntos.
Así, a todos nos han mantenido al margen de distintos asuntos, hasta que cumplimos la edad suficiente para participar de las conversaciones, o hasta que realizamos o atravesamos el hecho fundacional que se imponía como barrera. Funciona cuando sos muy chiquito en los temas que suponen conflictos de amistad, funciona también en lo referido al sexo. Las relaciones de pareja, los vínculos amorosos, la política. Son espacios vedados a aquel que no haya votado alguna vez, que no haya garchado o estado de novio o de novia.
Pasa también con la muerte. Y pucha que tiene sentido a veces que el que nunca se echó un polvo diserte sobre posiciones en la cama, o que el que nunca formó parte de un equipo de fútbol critique a los jugadores de un club, que el que nunca debió levantarse a la madrugada para ir a laburar, juzgue a otros de vagos. Porque con la muerte sucede eso.
Un tipo que jamás sufrió la pérdida de un ser querido, no habla igual de la muerte, no entiende igual a la muerte, que el otro que la ve de cerca. Por eso, cuando yo escribo esto, pretendo hacerlo dirigido a quienes se encuentran en mi situación. Ni aquellos que no han sufrido nunca una pérdida tan grande, ni aquellos que se cansaron de dar muerte con sus propias manos, ni aquellos que de tanto enterrar anónimos, quizá hasta han perdido la noción de su propia vida. Ellos tendrán su propia historia, su experiencia, y percibirán la realidad desde esa óptica. Yo lo hago desde la mía. Ni más, ni menos válida que la de aquellos que se encuentran en similares circunstancias.
Y es que cada vez que uno atraviesa esas barreras, pasa a pertenecer a otra cosa y deja de pertenecer de aquella anterior. Se derrumban muchos muros, pero se elevan otros nuevos donde no existían. La muerte muchas veces supone eso, aunque no debiera. Si dar vida a menudo no distancia a quienes lo han hecho de quienes no, la muerte no debería imponer lejanía entre los que han sido tan cercanos. ¿Qué mierda es lo que nos lleva a soportar esa separación, si al fin y al cabo, todos nacemos, todos morimos, todos amamos y odiamos? ¿Qué mierda nos separa tanto? Si después de todo, lo único que queremos es estar juntos.
domingo, 26 de agosto de 2012
Quiero que hablemos, jipi.
Me duele el alma. Me duele por primera vez en serio.
La vida nos da sorpresas, y esas son las que desgarran el alma como una tela tajeada por el puñal del destino. Tengo la necesidad de hablar con alguien. Antes me surgía la necesidad de escribir. Hoy me surge la necesidad de hablar con alguien. La diferencia es clara, y enorme. El peronismo entiende que somos personas, que tenemos emociones y que sentimos, que las cosas no siempre pasan por el materialismo. En este caso, la cercanía con el peronismo jamás me había permitido incorporar a mi lastre, a mi historia personal, una experiencia real de pertenencia a la sociedad. Aunque hubiese formado parte de grupos, muchos grupos, nunca había sentido que aquello realmente fuera algo por lo que valía la pena vivir y morir, dejar la vida en ello.
Hoy sí, ya no tengo cercanía con el peronismo, sino pertenencia. Hoy descubro por fin que aquello que alguna vez me imaginé, realmente es posible, y es tal cual lo imaginaba. Sólo que ahora lo siento, y esa diferencia es enorme. A uno le pueden contar muy bien qué se siente cuando se quema con fuego. Puede llegar a imaginar las sensaciones, y posiblemente logre compenetrarse mucho y casi "sentir" la quemadura. Pero cuando uno se quema, no puede sino recordar esas descripciones y palpar cada milímetro de padecimiento.
Es muy distinto hablar que escribir, o escribir que hablar. En parte por la elección de las palabras, pero mucho más por la velocidad del razonamiento, porque afecta profundamente el rumbo que la mente decide tomar ante cada incógnita o encrucijada. Si antes sentía la necesidad de escribir, es porque quería reflexionar cosas que naturalmente no me hubiera puesto a pensar sólo. Necesitaba confrontar con el papel y el lápiz para repensar y elaborar conclusiones.
Ahora, por el contrario, siento decisión, tengo claridad, aún en mi desconocimiento, mi incapacidad, inexperiencia, y cuántos demás defectos que me aquejan tan sólo por ser joven, pero también por no haber tenido la oportunidad o la voluntad de aprender. Tengo la necesidad de hablar porque no quiero reflexionar más en qué pensar, en qué decir, o incluso en qué sentir. Ahora quiero compartirlo realmente, y para ello es necesario poner al servicio de la comunicación a todos los sentidos.
Necesito ver a alguien a los ojos, tomarle la mano y sentir su respiración, su calidez, su textura. Necesito oir respuestas, gemidos, llantos y risas. Necesito que me aprieten el brazo para expresar una contestación, y al mismo tiempo oler la fragancia que acompaña a esa persona. Necesito escuchar mi propia voz pronunciando cosas que tan fuertes se erigen dentro mío. Necesito escuchar que esa voz se quiebra al asumir una realidad.
Esa necesidad surge del hecho de haber compartido todo aquello que es el basamento de lo que tengo adentro, con esa persona a la que le quiero hablar. Esa necesidad surge de que ya no sirve escribir solamente, sino que me es necesario sentir y hacer sentir, pensar y hacer pensar, con los sentidos a flor de piel. Con la realidad palpable de la existencia, la vida.
Me duele el alma porque la persona con la que quiero hablar ya no está. No me escucha, no me siente, no me mira ni me huele. No tengo forma de expresarle algo y esperar su respuesta, desde el gesto, desde la mirada, la respiración agitada o los latidos más fuertes de su corazón. No tengo forma de esperar su reacción, y guiarme con ella por un sendero de liberación. No puedo sacar todo eso que guardo adentro, ni puedo ponerlo al servicio de la liberación de la patria, si no estoy seguro de que pueda causar un bien a esa meta. El único que podía ordenar esos nudos, aún sin que yo los exteriorizara de esta forma, era un compañero del alma, del espíritu, de la confluencia de todo aquello que me compone en forma física y metafísica.
Me duele el alma porque te fuiste, Rolo.
La vida nos da sorpresas, y esas son las que desgarran el alma como una tela tajeada por el puñal del destino. Tengo la necesidad de hablar con alguien. Antes me surgía la necesidad de escribir. Hoy me surge la necesidad de hablar con alguien. La diferencia es clara, y enorme. El peronismo entiende que somos personas, que tenemos emociones y que sentimos, que las cosas no siempre pasan por el materialismo. En este caso, la cercanía con el peronismo jamás me había permitido incorporar a mi lastre, a mi historia personal, una experiencia real de pertenencia a la sociedad. Aunque hubiese formado parte de grupos, muchos grupos, nunca había sentido que aquello realmente fuera algo por lo que valía la pena vivir y morir, dejar la vida en ello.
Hoy sí, ya no tengo cercanía con el peronismo, sino pertenencia. Hoy descubro por fin que aquello que alguna vez me imaginé, realmente es posible, y es tal cual lo imaginaba. Sólo que ahora lo siento, y esa diferencia es enorme. A uno le pueden contar muy bien qué se siente cuando se quema con fuego. Puede llegar a imaginar las sensaciones, y posiblemente logre compenetrarse mucho y casi "sentir" la quemadura. Pero cuando uno se quema, no puede sino recordar esas descripciones y palpar cada milímetro de padecimiento.
Es muy distinto hablar que escribir, o escribir que hablar. En parte por la elección de las palabras, pero mucho más por la velocidad del razonamiento, porque afecta profundamente el rumbo que la mente decide tomar ante cada incógnita o encrucijada. Si antes sentía la necesidad de escribir, es porque quería reflexionar cosas que naturalmente no me hubiera puesto a pensar sólo. Necesitaba confrontar con el papel y el lápiz para repensar y elaborar conclusiones.
Ahora, por el contrario, siento decisión, tengo claridad, aún en mi desconocimiento, mi incapacidad, inexperiencia, y cuántos demás defectos que me aquejan tan sólo por ser joven, pero también por no haber tenido la oportunidad o la voluntad de aprender. Tengo la necesidad de hablar porque no quiero reflexionar más en qué pensar, en qué decir, o incluso en qué sentir. Ahora quiero compartirlo realmente, y para ello es necesario poner al servicio de la comunicación a todos los sentidos.
Necesito ver a alguien a los ojos, tomarle la mano y sentir su respiración, su calidez, su textura. Necesito oir respuestas, gemidos, llantos y risas. Necesito que me aprieten el brazo para expresar una contestación, y al mismo tiempo oler la fragancia que acompaña a esa persona. Necesito escuchar mi propia voz pronunciando cosas que tan fuertes se erigen dentro mío. Necesito escuchar que esa voz se quiebra al asumir una realidad.
Esa necesidad surge del hecho de haber compartido todo aquello que es el basamento de lo que tengo adentro, con esa persona a la que le quiero hablar. Esa necesidad surge de que ya no sirve escribir solamente, sino que me es necesario sentir y hacer sentir, pensar y hacer pensar, con los sentidos a flor de piel. Con la realidad palpable de la existencia, la vida.
Me duele el alma porque la persona con la que quiero hablar ya no está. No me escucha, no me siente, no me mira ni me huele. No tengo forma de expresarle algo y esperar su respuesta, desde el gesto, desde la mirada, la respiración agitada o los latidos más fuertes de su corazón. No tengo forma de esperar su reacción, y guiarme con ella por un sendero de liberación. No puedo sacar todo eso que guardo adentro, ni puedo ponerlo al servicio de la liberación de la patria, si no estoy seguro de que pueda causar un bien a esa meta. El único que podía ordenar esos nudos, aún sin que yo los exteriorizara de esta forma, era un compañero del alma, del espíritu, de la confluencia de todo aquello que me compone en forma física y metafísica.
Me duele el alma porque te fuiste, Rolo.
viernes, 2 de diciembre de 2011
La dulce espera de lo lejanamente inevitable.
Una dulce espera que a Anselmito le produce urticaria. Una dulce espera que de dulce no tiene nada. Una espera muy rara, porque no da ningún indicio de lo inminente, de lo que está por suceder. Anselmito siente ese instante de ansiedad y pavor que invade al hombre cuando sabe que algo está por caer. No sabe qué es lo que pasa, desconoce la causa de esa extraña sensación. Quién fuera oráculo para conocer el futuro, para sacarse esa duda incesante sobre lo que inevitablemente va a acontecer. Qué esperar, cuando todo lo posible ya ha sucedido, y el corazón no alberga la más mínima esperanza de que se produzca lo remoto, lo inimaginable, lo pretendido. Qué esperar, cuando el único combustible no es la fe, sino la energía, el trabajo, aburrido, monótono, desgastante, lacerante y destructor, a la vez causa de todo orgullo eventual.
De dónde sacar fuerzas, cuando el fruto deseado es producto de ese esfuerzo imposible, lejano, inalcanzable. Dónde recostarse para no ser encontrado por la culpa, para recobrar fuerzas sin la zozobra, sin la inquietud permanente y solapada de que se está perdiendo tiempo, ese tiempo fabuloso, veloz y escurridizo que sólo nos permitirá disfrutar de la obra terminada en la brevedad del después, ese después que nunca llega, y que después de encontrarlo, consumido, al borde de un horizonte, resulta ser el precipicio inacabado al que nunca se hubiera querido llegar.
De dónde sacar fuerzas, cuando el fruto deseado es producto de ese esfuerzo imposible, lejano, inalcanzable. Dónde recostarse para no ser encontrado por la culpa, para recobrar fuerzas sin la zozobra, sin la inquietud permanente y solapada de que se está perdiendo tiempo, ese tiempo fabuloso, veloz y escurridizo que sólo nos permitirá disfrutar de la obra terminada en la brevedad del después, ese después que nunca llega, y que después de encontrarlo, consumido, al borde de un horizonte, resulta ser el precipicio inacabado al que nunca se hubiera querido llegar.
viernes, 18 de noviembre de 2011
Qué buen programa.
El tipo que tiene todo planeado, pierde todas sus ganas de vivir: así de simple. Un tipo que tiene pensado qué hace mañana, qué tiene que hacer para el jueves, qué hace el domingo, cómo vuelve a empezar la semana, qué pasaría el mes que viene, cómo va a encarar las vacaciones, qué hacer durante los tres días desde que llega de viaje y empieza de nuevo el año, ese tipo, se quiere matar. Lo digo desde la experiencia, es lo que me está sucediendo en este preciso instante.
Qué mejor que la incertidumbre, qué mejor que esa libertad para encarar con optimismo lo que puede pasar mañana. Qué mejor que lo inmediato, para enfrentarse a un nuevo movimiento. Siempre fue por eso que me negué a "aprender" a jugar al ajedrez. ¿Qué gracia tiene saber combinaciones de movimientos que derrotarían al contrario? ¿Dónde está la duda cuando uno funciona como un cuadro de doble entrada o un complejo sistema de condicionales programados? ¿Cuál es el interés de encarar lo que previamente ya se tiene fríamente calculado (si x, entonces y, si x1, entonces y1)?
También por eso, entre otras cosas, me niego a ir al psicólogo. No veo qué es lo bueno de sentirse completo, resuelto, seguro. ¿Qué voy a hacer a la noche en la cama, antes de dormir, sino pensar cómo resolver el quilombo que tengo mañana? ¿Qué me va a motivar a levantarme mañana, si ya sé perfectamente qué es lo que va a pasar?
Bueno, todo eso queda caduco cuando hablamos del pensamiento complejo. Porque nada es tan predecible como uno espera, y siempre está ese factor de duda, ese factor de álea, donde el azar destruye toda planificación posible. Y ese factor es el que, cuando uno tiene todo planeado, destruye toda iniciativa futura; pero que cuando uno está a merced de lo que pase, le permitirá ser protagonista de una nueva aventura.
Qué mejor que la incertidumbre, qué mejor que esa libertad para encarar con optimismo lo que puede pasar mañana. Qué mejor que lo inmediato, para enfrentarse a un nuevo movimiento. Siempre fue por eso que me negué a "aprender" a jugar al ajedrez. ¿Qué gracia tiene saber combinaciones de movimientos que derrotarían al contrario? ¿Dónde está la duda cuando uno funciona como un cuadro de doble entrada o un complejo sistema de condicionales programados? ¿Cuál es el interés de encarar lo que previamente ya se tiene fríamente calculado (si x, entonces y, si x1, entonces y1)?
También por eso, entre otras cosas, me niego a ir al psicólogo. No veo qué es lo bueno de sentirse completo, resuelto, seguro. ¿Qué voy a hacer a la noche en la cama, antes de dormir, sino pensar cómo resolver el quilombo que tengo mañana? ¿Qué me va a motivar a levantarme mañana, si ya sé perfectamente qué es lo que va a pasar?
Bueno, todo eso queda caduco cuando hablamos del pensamiento complejo. Porque nada es tan predecible como uno espera, y siempre está ese factor de duda, ese factor de álea, donde el azar destruye toda planificación posible. Y ese factor es el que, cuando uno tiene todo planeado, destruye toda iniciativa futura; pero que cuando uno está a merced de lo que pase, le permitirá ser protagonista de una nueva aventura.
domingo, 10 de julio de 2011
Adversidad, un reproche.
Como quien se encuentra en el punto cúlmine de la noche a punto de llorar por la nostalgia, como quien resbala torpemente por los callejones de la melancolía, o como quien advierte la inminente invasión de la desgracia, al sentir un dolor profundo, así, escribe Anselmo estas palabras.
Anselmo ya está grande. Debería haber aprendido que no hay que planificar nada en la vida. Quizá no le falte mucho para entenderlo definitivamente. La prueba más cabal que esgrime como arma es que no hace mucho creyó tener las cosas bajo control. Desde el momento en que decidió cómo sería su futuro, se embarcó en el peor error de su ya prolongadísima vida. Todos saben que no se puede "decidir" el futuro. Se puede prevenir, se puede orientar, pero "decidir" es imposible. Anselmo se creyó curado de todo espanto, se creyó experto, siendo que nunca pensó que viviría tanto. A esta altura del partido, el viejo suponía que ya tenía cierto poder de controlar, cuanto menos, su propia vida. Y qué equivocado estaba.
Cinco años, como si no fueran nada. Cinco años de una forma, en condiciones ideales. Van tres y ni siquiera fueron de esa forma, ni por supuesto se dieron esas condiciones. Pero peor que eso es saber que los próximos dos ya también están fuera de todo alcance, y quizá no sean dos sino uno, o sesenta. Peor es saber que las condiciones son lo más azaroso que pueda existir sobre la tierra, no sólo por depender puramente de la suerte, sino por su inabarcable extensión física y metafísica. Nadie puede entender cómo reaccionará, qué prioridades tendrá, qué estará pensando o qué está a punto de hacer el tipo que tiene al lado, justo en el próximo segundo. Cada instante que pasa, toda planificación se derrumba. Planificar es de vanidoso, de soberbio. Anselmito, no te hubiese cuidado tanto si hubiese sabido de tu vanidad.
Peor es ver que Ricardo, el vecino que Anselmo tiene al lado, carente de toda planificación, enfrentó lo que todos suponían que sería su vida. Y su vida requirió muchas menos calculadoras, menos diagramas y proyecciones, menos brujas y oráculos que la de Anselmo.
Al momento de escribir, Anselmo lo hace con una sola intención: la de quemar su texto al terminar. Pero el viejo falla en planificar. Porque cada vez que quema sus manuscritos, Ricardo, el paciente anciano que vive al lado, acude al escritorio de madera antigua donde Anselmo escribe sus sabias palabras, y sin que nadie lo note, con unas hojas y lápices muy blandos, calca los relieves de la madera que, hundida por la presión del trazo sufrido de Anselmo, conserva escondidos sus textos. Algunos de esos textos son los que llegan hasta aquí, luego de pasar irregularmente por las manos de los vecinos, entre los que Ricardo distribuye pocas copias, sabiendo que si el viejo supiera de sus tramoyas, se colgaría en algún galpón del puerto.
Anselmo ya está grande. Debería haber aprendido que no hay que planificar nada en la vida. Quizá no le falte mucho para entenderlo definitivamente. La prueba más cabal que esgrime como arma es que no hace mucho creyó tener las cosas bajo control. Desde el momento en que decidió cómo sería su futuro, se embarcó en el peor error de su ya prolongadísima vida. Todos saben que no se puede "decidir" el futuro. Se puede prevenir, se puede orientar, pero "decidir" es imposible. Anselmo se creyó curado de todo espanto, se creyó experto, siendo que nunca pensó que viviría tanto. A esta altura del partido, el viejo suponía que ya tenía cierto poder de controlar, cuanto menos, su propia vida. Y qué equivocado estaba.
Cinco años, como si no fueran nada. Cinco años de una forma, en condiciones ideales. Van tres y ni siquiera fueron de esa forma, ni por supuesto se dieron esas condiciones. Pero peor que eso es saber que los próximos dos ya también están fuera de todo alcance, y quizá no sean dos sino uno, o sesenta. Peor es saber que las condiciones son lo más azaroso que pueda existir sobre la tierra, no sólo por depender puramente de la suerte, sino por su inabarcable extensión física y metafísica. Nadie puede entender cómo reaccionará, qué prioridades tendrá, qué estará pensando o qué está a punto de hacer el tipo que tiene al lado, justo en el próximo segundo. Cada instante que pasa, toda planificación se derrumba. Planificar es de vanidoso, de soberbio. Anselmito, no te hubiese cuidado tanto si hubiese sabido de tu vanidad.
Peor es ver que Ricardo, el vecino que Anselmo tiene al lado, carente de toda planificación, enfrentó lo que todos suponían que sería su vida. Y su vida requirió muchas menos calculadoras, menos diagramas y proyecciones, menos brujas y oráculos que la de Anselmo.
Al momento de escribir, Anselmo lo hace con una sola intención: la de quemar su texto al terminar. Pero el viejo falla en planificar. Porque cada vez que quema sus manuscritos, Ricardo, el paciente anciano que vive al lado, acude al escritorio de madera antigua donde Anselmo escribe sus sabias palabras, y sin que nadie lo note, con unas hojas y lápices muy blandos, calca los relieves de la madera que, hundida por la presión del trazo sufrido de Anselmo, conserva escondidos sus textos. Algunos de esos textos son los que llegan hasta aquí, luego de pasar irregularmente por las manos de los vecinos, entre los que Ricardo distribuye pocas copias, sabiendo que si el viejo supiera de sus tramoyas, se colgaría en algún galpón del puerto.
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