martes, 15 de marzo de 2011

Insensatez

Claro, durante mucho tiempo realmente dudé si quienes sostienen lo insólito, lo inhumano, quienes avalan la muerte, la tortura y persecución estaban convencidos desde lo más profundo de lo que decían pensar, o si toda esa puesta en escena era simplemente algo mucho más racional que la neurosis, un instinto depredador de intentar el desplazamiento en plena puja de poder con objetivos exclusivamente económicos, o para satisfacer aquellas miserias del ser que son el afán de reconocimiento, entre otras yerbas.

Claro, creía que una postura podía ser genuina por más grotesca que sonara, mientras existiera un mínimo de honestidad inherente al ser humano, aquél que el Che tuvo que reinventar en un "hombre nuevo", sencillamente por esta razón. Claro, pensé que a pesar del error podrían tener buenas intenciones, o que quizá esa era la alternativa y los demás estamos todos equivocados.

Claro, pensé que el hombre no estaba podrido por dentro.

Bueno, qué equivocado estaba. Qué insensato. Doy fe de haber dudado sobre esas dos posibilidades durante muchísimo tiempo. Doy fe de no poder creer cuánto tiempo mantuve esa dualidad. Doy fe de que ahora, aún con la prueba en mis ojos, en mis manos, en mi carne y en mi alma, no concibo la posibilidad de que todas las personas, absolutamente todas, respondan a un gobierno interno y a impulsos tales como los humores: inexplicables, irracionales, irrespetuosos y paradójicamente inhumanos, que bajo la peor de las perversiones, sólo buscan alcanzar el provecho material (y emocional, pasando a otra experiencia reciente que se condice con la disparadora) del individuo lejos de todo tipo de consideración ajena.

No creí que existiera el altruismo, claro, pero tampoco creía que pudiera ser tal la motivación omnipresente de individualismo, qué insensato.

CLARO, qué insensato.


domingo, 13 de marzo de 2011

Quizá solamente se trate de que toda esta historia es triste.

lunes, 7 de marzo de 2011

No se puede construir nada con la tristeza

El otro día alguien me dijo que yo escribo cosas tristes. Y no es la primera vez que me lo dicen. Sin embargo, yo nunca entré en conflicto con eso, y ahí me siento cómodo. Una vez asistí a un taller de escritura con un exitoso y multipremiado productor de banalidades (y vanidades también); y lo primero que me dijo fue que nunca iba a triunfar escribiendo cosas tristes, que la tristeza no vendía más. Pues bien, si a mí me interesara vender quizá lo hubiera escuchado y estaría escribiendo cosas felices. Las otras personas que me lo dijeron no buscaban aconsejarme la mejor manera de ser best seller, quizá se preocupaban por lo que yo busco transmitir, en todo caso por lo que siento.

Pero en ese caso tampoco me incomoda saber que escribo cosas tristes. Hace poco (al llegar la medianoche se cumplirán siete días exactos, ni un minuto más) presencié el espectáculo de quien es uno de mis mayores inspiradores, uno de los pocos tipos que realmente admiro en la vida, que casualmente se ha interpuesto en mis reflexiones con muchísima frecuencia en lo que va del año. Ese tipo, el Negro Dolina, mirando uno por uno a la cara a los pocos espectadores que acudimos ese lunes (o martes, como quiera verse) esbozó un pensamiento que quiero evocar en este momento para explicar mis sensaciones.

En ocasión de preguntarle a Patricio Barton la consigna que correspondía al corso del cual Dolina y Gabriel Schultz eventualmente participarían con su carro alegórico, Alejandro cuestionó una cita de Don Arturo Jauretche, quien dijo que "no se puede construir nada con la tristeza". En efecto, quizá lo dijo "para quedar bien con el comisario", siendo que son palabras que suenan muy bien, pero con las que particularmente veo muy difícil poder coincidir. Me remito a las palabras de Dolina en la noche de ese lunes 28 de febrero:

"Qué desilusión se van a llevar los griegos ¿no?, con la tragedia, la novelística. Por eso seguramente no festejaban carnaval. Parece que hemos vivido equivocados, toda la cultura de occidente, el arte, la poesía.. qué cosa... Lo nuestro iba por ahí, de tanto leer, de tanta biblioteca que uno ha leído, de tantas cosas tristes y grandes".

"Yo creo que no se puede construir nada sin inteligencia. Prefiero eso. De la alegría, después hablamos. Y de la tristeza, bueno, en un mundo donde evidentemente tenemos apetito de eternidad, y somos mortales, y la gente se muere, y la gente sufre, y la gente padece... me parece que desde esa tristeza hay que empezar a construir algo grande, para ver si la alegría no viene como una cosa postiza a partir de la cual se construye, sino por el contrario, después de transitar por la tristeza, y buscando para los que están tristes aunque sea una llamita de alegría... pero esa llamita se enciende con inteligencia. No con la alegría de la careta. Yo ahí no estoy de acuerdo por mucho que lo haya dicho Jauretche... quizá lo dijo para quedar bien con el comisario, y todo poeta tiene derecho a ser juzgado por sus mejores obras. No se puede construir nada sin inteligencia".

Entonces, por el contrario, lo más lógico debiera ser construir desde la tristeza. Y ese es mi caso. Yo no lo elijo, pero me complace que así sea. Yo escribo desde la tristeza, y esa es mi forma de construir algo. Entre tanta miseria, difícilmente la sonrisa se pueda sostener con la alegría de la careta, y quizá sí se sostenga cuando viene de la satisfacción, aquella que sí se construye, en contraposición de la tristeza, pero partiendo de ella.


Calle Cárdenas, La Habana.


El programa "La Venganza Será Terrible" del 28/02/11 puede escucharse aquí: http://mp3.lvstplayer.com.ar/

lunes, 13 de diciembre de 2010

Cuánto maldita se hace la vida

Si los sueños son cada vez más cuadrados.
Si los sueños son menos vehementes.
Si los sueños son poco fraternos.
Si a los sueños los muelen a golpes.

domingo, 25 de julio de 2010

No quiero formar parte, pido perdón.

Finalmente me vuelven las ganas de escribir, y de sentir un poco. Cuando uno se pregunta acerca de su felicidad, y no le despierta siquiera una mueca de ironía, debería preocuparse. Crítico es cuando esa misma condición es la que le impide preocuparse. La angustia, la depresión de sentirse infeliz y miserable, desdichado, debe ser una de las mejores formas de pasar los días. Uno no siente el alegre impulso de emprender nada nuevo, así como reconoce la mezquindad de los taimados en un abrir y cerrar de ojos, sin que exista ningún gesto en la comisura de los labios ni una mirada furtiva. En ese estado, poco importa la soberbia de los demás, poco lo afectan las palabras o las acciones que en otro contexto parecieran vengativas, pero que son puro instinto carroñero. En ese estado, no se descansa en paz, porque no se necesita descansar. La mente reposa, los sentidos se anulan y no existe inquietud que pueda perjudicar ese profundo estado de paz antisocial. Sí existen aquellos impulsos exógenos, que pretenden destruir ese reposo para desequilibrar los nervios nuevamente, y privar de un mínimo respiro a un halo de vida tan debilitado por la ofensa y el ultraje, los vejámenes a los que la constante falsedad de los días lo someten.

Yo siempre quise otra cosa, sí, lo admito. Lo he gritado silenciosamente durante años, en acciones y omisiones profundamente contradictorias. Pocos han sabido notarlo, y no les produjo nada. Quizá me he mentido todo este tiempo y no sé vivir. Una vez alguien me prometió enseñarme a hacerlo, pero me han soltado la mano. La soledad no puede ser una compañera ocasional, o se está con ella, o se la observa a la distancia. Creo que he decidido abrazarla para no sufrir más. Difícilmente las palabras me sirvan para explicar mis razones, pero juro que las tengo. Si alguien todavía me respeta, quisiera que no lo acepte, pero busque entenderlo. Hay empujones que no sirven para remontar vuelo, sino sólo para el tropiezo, yo he tropezado nuevamente, y no creo que me levante.

Aquí, desde el suelo, pienso, y estoy convencido de que debí haber nacido en una novela de otro tiempo, creado por la pluma de algún tipo muy argentino, solemne, al que le guste el tango, al que acompañe un gato negro, que use piloto y de vez en cuando se ponga un sombrero y fume, sin falsedades, un cigarrillo bajo la lluvia, mirando a la nada, reflexivo.

viernes, 18 de junio de 2010

De lo pasado, no lo voy a negar.

Sigue llenando este minuto de razones para respirar, no me complazcas, no te niegues, no hables por hablar.. yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz.

Algún día Anselmo fue un tipo callado, taciturno. Su expresión parecía tranquila, mientras por dentro se carcomía de rabia. Por esos tiempos, odiaba su persona, pero tenía objetivos y mucha voluntad. Sus piernas temblaban frente a una mujer, pero sólo frente a esa mujer. Al mismo tiempo intentaba cambiar, creyendo evolucionar, pero desnaturalizándose, tratando de cumplir su deseo de acercamiento a esa mujer. Realmente era una mujer, no como las chicas que se le cruzan día en día, que son simplemente eso, chicas.

Anselmo evoca esos momentos a través de palabras, que vomitó asqueado (a veces hasta por sí mismo), y que hoy relee, pacientemente, buscando parecerse a aquél que una vez las escribió, creyéndose infeliz, pero atravesando los más profundos de sus días. También los evoca a través de la música, escuchando y sintiendo lo más parecido a esos latigazos que recibía de su conciencia, en plena conquista amorosa. Cada canción que recuerda, es un episodio de su relación consigo mismo, y con ese amor que nunca pudo ser, pero que nunca se sabe.

viernes, 30 de abril de 2010

Román, asustado.

Si, se sentía asustado. Las 24 horas del día, los 356 días del año. Vivía asustado. Un tipo con miedo, no un cobarde, pero sí miedoso. El tipo había nacido en una familia golpeada, y como dicen "lo que no te mata, te hace más fuerte". En este caso, Román había muerto en vida. Sentía, sí, pero era imposible que se le cruzara por la mente la sola idea de felicidad, porque era consciente que muchas cosas se le podían acercar, pero sabía que estaba muy lejos.

Román era uno de esos tipos que no están nunca con una mina, por miedo a lo desconocido. De los que se cuidan de no comer afuera porque la comida tiene gérmenes o puede estar mal cocinada, de los que cuando van a un baño público se lavan las manos diez minutos y se las secan agitándolas al aire, para luego preguntarse cómo harán para abrir el picaporte sin contaminarlas de nuevo. Román era de los que esquivaban a la gente con pavor, y que no podían viajar en colectivo o subterráneo si éste no iba vacío. De los tipos que se ponen nerviosos cuando la gente les habla, y que cuando no se logran hacer entender prefieren dar la razón y que parezca que lo que pensaban no era importante.

Los amigos de Román siempre decían "a este lo tiene que agarrar Mercedes, una mina que lo lleve de la mano, que sea suelta, que tenga calle". Pero a Mercedes recién le empezó a gustar cuando Román cumplía los 32, aunque "gustar" es un decir. Empezó a estar con él por ternura, y no lo dejó por pena. Mercedes era todo lo contrario a Román, y por eso le había pedido casamiento (sí, ella se lo pidió), porque necesitaba un contrapeso, necesitaba conocer el equilibrio. Mercedes lo empujaba a Román a la calle, a encontrarse con los muchachos del club, la gente del barrio. Así se ganaron el afecto de la gente, porque eran una pareja despareja, y porque no le hacían mal a nadie.

Cuando Mercedes se despertaba a la mañana, notaba que Román ya estaba despierto, que permanecía mirando el techo, pensativo. Muchas de esas mañanas, al sucumbir su soledad con el amanecer de Mercedes, Román compartía con ella alguna de sus reflexiones matinales. A veces eran del tipo de "los únicos seres altruistas en el universo son las hormigas", pero muchas otras eran pensamientos temerosos que revelaban su esencia oscura y asustada: "bastan un par de partículas de aire ingresando al torrente sanguíneo para acabar con una vida humana.. somos frágiles, Mecha, una vacuna mal puesta y nos vamos del otro lado".

Mercedes se levantaba mientras Román seguía meditando y preparaba el mate. Luego lo oía comentar las posibilidades que existen de terminar la existencia de formas rotundas y azarosas, siempre muy extrañas. Según Román, siempre latente, la muerte nos acechaba en cada esquina, o en cada momento de nuestra vida. Comiendo una hamburguesa mal cocida, morían 2 de cada 1000 niñitos yankis cada año. Por cada uno de esos niñitos yankis, sucumbían cerca de 200 criaturas nigerianas por no poder beber el agua suficiente bajo el sol asesino del tercer mundo. Así mismo, en Finlandia, decía Román, se suicidan más de 150 personas por semestre, casi todos hombres; pero lo peor es que todos lo hacen desde edificios de gran altura, y seis de cada 50 de esos suicidas caían (según Román) sobre uno o más transeúntes simultáneamente. También, por derrumbes imprevistos de balcones, en Buenos Aires, más de uno terminaba en la morgue.

Mercedes le decía que no tenía por qué pasarle eso a nadie, que no era normal o que por lo menos sucedía lejos, que en su barrio nadie había muerto de formas tan nefastas, y que él mismo, Román, no conocía a nadie que tuviera conocidos, amigos o familiares que hubieran resultado lastimados por cosas similares. Román la miraba y esbozaba algo parecido a una sonrisa. Ella ensayaba su cariño abrazándolo, y en cada abrazo le daba la fuerza para enfrentar el día, le daba la energía y le signaba su suerte.

Un día Mercedes se enfermó de apendicitis, y al primer día que cayó en cama, comenzó a absorber ese temor que Román dejaba, mañana a mañana, sobre las sábanas. Al tercer día no quiso oír más esas pesimistas probabilidades de sucumbir en episodios extraños y le negó el abrazo diario. Le dijo, textualmente, que no le volvería a dar un abrazo hasta que no fuese más optimista y dejara ese temor de lado, "no vivas más asustado".

Román salió de la casa y caminó hasta la esquina obnubilado por las palabras de Mercedes, y al cruzar la calle, sin levantar la vista de los adoquines grises, el coche 54 de la línea 126 de colectivos lo embistió con toda su furia real, alejándolo más de veinte metros antes de tocar el suelo con su cuerpo inerte. Ese día, Román dejó de temer.

domingo, 4 de abril de 2010

"Aturdido y abrumado"

Resopla, bufe. Es domingo y el vagón está vacío. Sobre el marco de madera de la ventanilla, está apoyado el brazo derecho, y sobre ese antebrazo está apoyada su cabeza, mirando hacia "afuera", ahí abajo, hacia el hueco enorme que hay antes de llegar a Plaza Miserere. El tren está quieto, quizá hay demora, o por ahí se apuró mucho y ahora tiene que hacer tiempo, los domingos a la mañana no hay mucha frecuencia, y no viaja nadie. Él piensa en otra cosa, no le importa cuánto tarde, si no tiene adónde ir.

Todavía no se olvida de la cara que le puso Cecilia al abrir la puerta y verlo entre los ocho que llegaban a la fiesta. Pasó de la sonrisa más hermosa y sincera a la más sencilla mueca de desagrado. Incluso lo evitó sin disimulo al saludar a los otros siete, uno por uno, con un beso en la mejilla. Él se empeñó toda la noche en no incomodarla, pero tratando de encontrar el momento para acercársele y hablarle un poco, aunque fuera para preguntarle, sinceramente, por qué esa actitud para con él.

Se apagan las lámparas del vagón, debe haber algún desperfecto, y sólo le ilumina la cara un tubo de luz blanca lejano del hueco enorme donde se cruzan todas las vías, allí donde está el pequeño taller subterráneo. Siente el olor del azufre, y se acuerda de ella. Esa asociación lo mata... porque la primera vez que le habló fue ahí abajo. Puede que tenga que empezar a viajar en bondi, pero no puede esquivar aquella sensación toda la vida. Alguna vez va a tener que tomar el subte de nuevo, y volverá a sentir esa fragancia de clavel que se le figura al hacer contacto con el olor categórico del azufre. Para peor, es una sensación que lo atrae al mismo nivel que él la rechaza, y esa relación de amor y odio tiende a inclinarse por la debilidad, esa que lo termina volcando a viajar en subte aunque sea para sentir el olor y volver a maquinar.

La misma determinación de bajar los escalones de la boca del subte, de pasar los molinetes después de pasar el boleto, de subirse al vagón vacío y sentarse junto a la ventanilla, bajarla y asomarse; es la que lo hace seguir pensando en ella, porque todas esas pequeñas acciones forman parte del mismo acto. Y él sabe que su confusión está ganando y lo lleva por el camino de la frustración, al mismo tiempo que se acerca a la estación Pasco.

Y sabe que cuando se baje va a estar decidido a olvidarse de esa situación y que se va a ir asumiendo que estuvo mal, va a subir los escalones pensando que igual está pensando en eso, y que la debilidad sigue ganando, y que sigue imponiéndose la frustración. A todo esto ya el tren parte de Sáenz Peña.

Y es en Lima que se convence de que toda la gente que pasa por arriba de su cabeza no está pensando en las mismas cosas, y recuerda que la actividad es lo que debe mantenerlo vivo, que debe salir del pozo, que debe salir del túnel, que debe abandonar ese círculo vicioso que lo encadena al fracaso y que es pura ficción mental, creación de su cerebro aburrido.

Por eso en Perú termina de escribir estas palabras y las arruga estrujando el papel, sabiendo que el trozo de vida que él vuelca en la celulosa será triturado por alguna procesadora de basura cuando recoja la bolsa del tacho público donde él la está arrojando; aunque guarda el mínimo temor a que alguien meta la mano en la bolsa antes que el recolector, que tome este trozo de papel estrujado y permita que las palabras sigan viviendo, como aquel momento en que las escribió, y que ese pedazo de vida que él quería que fuese triturado, siga viviendo, quien sabe, si en esta, mi propia transcripción.

La rumba se ríe, no sabe si es rumba.

Hay un muerto que no volverá a vivir. Don Anselmo. Fue un momento nada más, en una eternidad. Pero un momento que lo marcó para siempre, y hay una sensación que cada vez que lo visita, lo destruye por dentro completamente, casi como cuando se anuncia el deceso de un ser querido, o quizá más. Cuando ve esos textos, cuando toca esos mismos papeles, cuando hace cálculos del tiempo pasado. Ahí es que absorbe aquella desgracia en toda su magnitud, y se traslada al momento. Lee la respuesta de sus cartas, y más le duele. Creer que sería otra vida, y uno piensa "qué estupidez", pero no, hay indicios para pensar que podría haber sido otra vida, absolutamente opuesta o diferente, ni mejor ni peor, pero donde a pesar de otros males, y a pesar de los pesares, no existiría esta sensación. La del recuerdo triste, casi melancólico, un recuerdo devastador.

Anselmo amó y ama. Pero le importaban demasiado las consecuencias como para dar un paso. Hoy sigue enamorado, de aquella sensación que supo sentir, de aquella imperfecta dama que quiso amar, aún así sin darse cuenta; sin medir las consecuencias. Qué paradoja, Don Anselmo sigue enamorado del amor, y no ha vuelto a sentir nada igual. Y qué paradoja, que por proteger aquello que había construido, no se animó a expresar ese amor genuino que lo carcomía, y hoy todo eso yace en ruinas, justamente por no haberse expresado debidamente, en aquél momento y a aquél raviol que posiblemente lo amara. Hoy ya sabe que todo lo bueno es perecedero, y preferirá ser él quien decida cuándo poner fin a esa felicidad, voluntariamente, antes de que el mismísimo destino le ponga una mano encima y se la saque cuando más la necesita. Sin embargo, ya es muy tarde, y el cielo infinito no le dio el amparo que esperaba, ni se lo hubiese podido dar aún con las mejores intenciones, tampoco aquellos rizos revolucionarios, ni muchas otras Mujeres, con mayúscula, porque merecen todo el respeto.

Y ya no es una espina, de alguna manera; porque ya no hay nada que hacer. Simplemente es una herida abierta, de esas que ya han perdido la esperanza de sanar; y cada vez que llueve, y que una gota impacta sobre la carne al rojo vivo, Anselmo grita. Este es uno de esos gritos, porque a Anselmo ya no le interesa el eco que puedan tener. Sólo grita, bien fuerte, para liberarse. Grita porque necesita desahogarse, porque recuerda imágenes, experiencias, que no han valido tanto como él creía que valían.. o que sólo han valido para él, y que otros no consideraron indispensables. Don Anselmo acepta como son las cosas, pero no se irá sin dejar claro cómo fueron para él, y qué profundidad tuvieron.

En ese momento, Anselmo baja de la bicicleta oxidada, la deja caer sobre los adoquines, da unos pocos pasos atropellados hacia el río y grita. No hay rambla, pero no piensa en tirarse, sabe que sería muy egoísta. Don Anselmo acumula ya suficientes años para entender que nunca ha estado acompañado, y que sus lágrimas no han sido en vano. Sabe que no puede darse por vencido y abandonar sus ideales, porque sería traicionase. Y a pesar de saber que todo aquello realmente existió, no confía en volver a sentir algo parecido. Quizá porque no lo desea. A fin de cuentas, siempre estamos solos... piensa.

Morirá en la gloria, eso es seguro. Y morirá contento, pero infeliz. Por la traición, por la mentira, que es lo único que le quita el sueño.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Desarraigo dantesco.

Che pibe, le dicen. Arrancó así en la edición del diario, pero ahora es el superior de todos aquellos viejitos solemnes que escriben como los dioses sobre todo aquello que sucede en su tierra día a día. El che pibe decide qué se publica, qué va al tacho, quién se queda, quién se va. Y es porque el che pibe desde que entró, a sus escasos 16 años, era muy eficiente, y hoy, a los 23 recién cumplidos, pretende despachar a los viejitos que le dieron la mano cuando él entró. Antes cebaba mate, ahora su sueldo quintuplica al de cualquier redactor, y ni hablar de los ordenanzas. Antes respondía a ambiciones personales, ahora las subordina a las de algún gran grupo empresario.

El problema es que a pesar de todo, hasta ahora se sentía bien, realizado. El che pibe, que se llama Dante, o mejor dicho, el Jefe de Redacción, empieza a sentir algo raro, que nunca sintió antes. Algo que pensó que podía ser culpa, pero que ahora va descubriendo que es otra cosa, algo como insatisfacción. Se siente un infeliz. Se siente mal porque es un forro, porque garcó a la mitad de las personas que lo ayudaron a crecer, porque se olvidó de sus orígenes, porque se dedicó a algo que no quería (su labor es más ejecutiva que periodística) y porque está con una mina a la que no quiere. Él, que vive en un departamento de Avenida del Libertador, que tiene un Audi de vidrios polarizados, y cuya novia formal y concubina es una cuasi modelito rubia que en algún momento todos se trataron de voltear; él, en realidad es Dante Carboni.

Y Dante Carboni es un pibe, todavía. Uno que salió del barrio de Parque Patricios buscando un mango para aportar al hogar, cuando sólo había para pan y vino de damajuana, cuando su madre agonizante vivía de la ilusión de que su único hijo terminara el colegio, ilusión que creyó ver cumplida, cuando Dante, al llegar todos los días de la edición, le mentía lo que había hecho en el Normal y todo lo que tenía que estudiar para el día siguiente. Hoy Dante recuerda todo eso y le duele, porque se olvidó de su viejo, que acaba de fallecer, camino al hospital, después de un paro cardiorespiratorio en el bar, viendo la definición de Huracán y Vélez Sarsfield. Y ahora es cuando se da cuenta que lo dejó morir, asesinado por la impotencia que produce la injusticia; aquella que tiene como responsable a Brazenas, y aquella que lo tiene como responsable a él, Dante, su hijo.