lunes, 26 de marzo de 2018

Hemorragia

La hemorragia empieza a detenerse. Anselmo sostiene con una mano un trapo sucio para hacer presión en la herida. Con la otra, echado en la tierra virgen de la sierra colombiana, escribe en un pedazo de papel arrugado, como escupiendo sangre. Cuando termina, sin releerlo y todavía con el pulso tembloroso, apoya el papel al pie de un arbusto y le empuja una pequeña piedra rústica encima. Ahora sí, su historia está a resguardo del viento, al menos hasta que olvide la existencia de ese pequeño trozo de papel, la herida no sangre, y se levante para seguir su camino.

Anselmo volvió a sentir. De repente, y más en serio que nunca, volvió a sentir. Esta vez creyó ser correspondido. No se equivocó tanto, pero sí en el grado de afecto que le tocó recibir. Quizá confundido por las señales, después de negarse a ser querido durante toda su vida, algunos gestos y algunas expresiones le hicieron creer más de lo que era. "No estamos en la misma sintonía", dijo. Pero no estaba convencido, lo decía para producir una reacción que no fue. Al rato, se lo confirmaron. "Será que no estamos en la misma sintonía". Fue así de duro, pero en medio de otras palabras, pasó como si no lo fuera.

Es increíble, pero el inconsciente de Anselmo a veces juega malas pasadas. Esta vez no fue la excepción. Al contrario, quizá la psiquis nunca le jugó tan mal. Engañosa, traicionera, le hizo creer que todo era potencia, que alguna vez podría ser acto. Ver con claridad que eso es así, después de arrastrarlo a las lágrimas, lo terminó ayudando. La claridad es enceguecedora, pero es cierta, está ahí. La oscuridad, por el contrario, es por definición opaca. Y esa opacidad engaña, oculta. Por eso lo peor suele esconderse en la oscuridad. Anselmo siempre lo supo.

Quizá fue su dignidad, quizá otros mecanismos de defensa por demás entrenados, que lo hicieron levantar la guardia. Pero ese breve instante en que la bajó bastó para que el filo de la lanza penetrara su carne trémula. El cuero puede ser duro, pero debajo de eso, en los tejidos por donde pasa la sangre y el oxígeno, todo filo penetra como si fuera manteca. La resistencia es casi nula. El desgarro está, pero lo Anselmo lo pudo frenar a tiempo. No escribió cuando estuvo abierto a soñar, y de eso se arrepiente. Pero quizá haya servido para no caer en la idealización, en esa falsa melodía de amor que cuando no es, no es.

Anselmo suena frío. Cree haber entendido todo. Cree tener todo resuelto. No sabe que le esperan momentos de agonía y duelo intenso. Presiente que todavía debe derramar lágrimas de nuevo, que una vez cada muchos años, algo sucede que lo termina arrastrando hasta ahí. Pero si ahora no está llorando, es porque la preservación cuenta, y porque sus músculos tensos necesitan descansar. Anselmo tiene todavía que inhalar mucho humo negro para volver a enmugrecer sus cuencos. Tiene todavía que sentirse rancio para volver a estar puro y fuerte. Para volver a sentirse firme y caminar. Para volver a pensar, quizá a dejar de pensar después, y quizá finalmente volver a sentir lo que, nunca se sabe, puede ser el amor.

domingo, 23 de abril de 2017

Que alguna vez fue feliz.

Anselmo vivió varias vidas en una sola. Como todos, como cualquiera, alguna vez fue un hombre feliz, y muchas otras fue el más miserable sobre la faz de la Tierra. Alguna vez, Anselmo fue músico. También amó, supo amar. Ya no. Anselmo fue amado, aún sin saberlo. Alguna vez, hasta eligió ignorar. Aún así, Anselmo nunca rompió ningún corazón.

Anselmo hoy teme. Tiene miedo de ser sorprendido en plena noche por su propio pasado. Tiene miedo de que esa vieja felicidad vuelva para atormentarlo. Tiene miedo de que ese viejo amor lo abrace con fuerza y lo haga sufrir. Anselmo sabe que nunca más podrá volver a amar así. Por nada sufre más que por esa razón.

Anselmo sufre cuando recuerda. Sufre cuando recuerda que alguna vez fue feliz.

viernes, 29 de julio de 2016

Sólo en el puerto florece el desamor

Fines de julio. Deben haber pasado por lo menos nueve meses desde que Anselmo dejó de sentir el amor. No ese amor idílico, agradable, placentero. El amor que siente Anselmo siempre es ese que conlleva angustia, dolor, soledad. El que procura no revelarse, en un acto de entereza y distinción que sólo le permite obtener la desdicha propia de quien sufre a escondidas.

Y ahora, en silencio, ante el entusiasmo ajeno sobre quien Anselmo ama, preso de su altura y decidido a no ceder en su pulsión por amar en secreto, escucha a su vecino confesarle su amor por la susodicha. Si hubiera un Dios, así no lo querría. O será tan bicho de disfrutar sembrando encono y distancia en aquellas cosas que tienden a transitar juntas.

El vecino de Anselmo vive, como él, en un viejo galpón de madera en el puerto. En verano hace ese calor soporífero que apenas deja respirar. El hedor pestilente de los restos de pescado pudriéndose debajo del muelle invade sus cuartos, que a la vez cumplen funciones de comedores, cocinas y salas de estar. En invierno, sufren con el frío húmedo que cala los huesos y despeja el olor, pero que no deja dormir porque los pies tiritan mientras la luna se esconde.

El vecino es también, si se quiere, el único amigo. Así deben pensarlo los dos, conscientes de que aquel con el que uno bebe más de un vaso de vino, durante varias noches seguidas y en seguidillas de vez en cuando, es socio de su destino, pendiente de cuanto ocurra con el que termina siendo no menos que el único compañero en esa larga y constante espera de la muerte.

-¿Y para qué es todo esto?- se pregunta Anselmo al recostarse en la noche fría envuelto en frazadas raídas. Mira los troncos que sostienen el techo de madera, a la merced de la próxima tormenta. Y suspira hondo, ruidoso, casi resoplando. Hasta los peces muertos deben notar su hastío. Duele. El corazón duele. Pero no hay más que hacer cuando se elige ese modo de transitar la vida.

Tendrá que soportar que el vecino, ese al que le supo conferir sus mayores secretos, duerma abrazado por la mujer que él ama y desea. Y no sufra el frío. Quizá por ver y llevar la vida de otra manera. Quizá por alguna otra razón. Quién sabe.

viernes, 10 de junio de 2016

De nobleza está hecha el alma

De ciertos materiales se dice que son nobles. La madera, el hierro. Anselmo nunca supo a ciencia cierta por qué. Aún así, es una de esas cosas que se entienden más por sensaciones que por la razón. Es esa sensación la que permite que Anselmo viva con entereza.

Anselmo se siente en falso, y hasta pierde entusiasmo al respirar cuando no se topa con algo de nobleza en el transcurso de su vida. Será por eso que merman las pulsiones vitales de Anselmo a medida que pasa el tiempo. Mientras la nobleza se rompe, se corrompe y se pierde alrededor suyo, las sensaciones de Alselmo se pierden.

¿Qué puede ser de un hombre sin sensaciones? No es nada un tipo que no siente. A medida que la razón avanza sobre la sensibilidad, nada se puede rescatar de Anselmo. Quizá por eso Anselmo ya no escribe. Anselmo ya no canta. De Anselmo no se escucha más música.

Hoy, el Anselmo que otrora fue hombre sensible, más parece refutador de leyendas. Ese Anselmo, condenado por la mecánica de una sobrevida rutinaria, nada tiene por hacer. Si algo de alma quedara dentro de Anselmo, quizá estas fueran sus palabras de despedida.

Pero un hombre nunca puede rendirse, siquiera en su faceta más nostálgica.
Será por eso que cuando amanezca por la mañana, quizá Anselmo aún respire.

Y así pasen los meses.
Y así pasen los años.
Y así pase su vida.

Anselmito.

miércoles, 21 de octubre de 2015

El que todo lo puede

Cuando dijo que sí, ya sabía que no iba a poder cumplir.

Invadido por la incontenible ansiedad de cumplir con sus propias promesas, Anselmo cree que puede.
Pero no.


Y ahí está Anselmo. Sólo y sin poder.

martes, 20 de octubre de 2015

Una sombra

-Anselmo- se escucha. Lo están llamando.
-Anselmo!- insiste la flaca alta, rubia y desgarbada. 

Anselmo no aparece. Está sumergido en las profundidades de la incertidumbre. Bajó la intensidad y lo tapó la angustia. Trinan sus sentidos mientras sigue en pie. 

Son pocas las razones que justifican su supervivencia. Una de ellas es la terquedad, la tosudez propia del necio que aún después de una y otra y otra decepción y otro fracaso, cree que alcanzará un destino que no existirá jamás.

La rubia supo confundir sus más emocionantes esfuerzos con meros actos de determinación natural. Y no. A Anselmo se le iba la vida. De haberlo sabido, quizá ella hubiera notado cómo, poco a poco, de Anselmo sólo iba quedando una sombra.

-Anselmo- repite. Anselmo ya nunca responderá.

martes, 10 de febrero de 2015

Mafaldita, ¿dónde estás?

Anselmo mira por encima del hombro y ve los libros. Todos esos libros que quisiera haber leído pero no tiene ganas de leer. Mira las fotos de éste, aquel y ese otro encuentro, en el que sus conocidos, amigos, no tan amigos, y hasta enemigos sonríen con sinceridad. Fotos en las que quiere estar, pero que duda si hubiera soportado.

Anselmo está preocupado. Una vez, una morocha lo bautizó Felipe, por su parecido con el personaje.

-Entonces a vos te tengo que llamar Mafalda- sonrió Anselmo.

Ella, pícara, no lo soltaba, no lo dejaba ir. Le daba vueltas alrededor, lo seguía, lo llamaba. Le proponía encuentros, salidas, diferencias.

-Yo te voy a enseñar a vivir- le llegó a prometer.

En otra oportunidad, no mucho tiempo después, lo miró fijo, seria. Y soltó la bomba.

-¿Vos sabés que yo tengo novio? Espero no malinterpretarte, y ojalá me esté equivocando. Pero quiero dejarte claro que no me interesa tener nada con vos que no sea esta linda amistad.

Pobre Anselmo. Soltó una carcajada, se hizo el sota y sonrió. Quizá sus ojos fueran más sinceros que su boca. Por dentro estaba destrozado. Pero lo más feo fue que al tiempo lo empezó a llamar menos. Se empezó a aburrir de sus encuentros. Cada vez la seriedad asaltaba más sus conversaciones.

Un día lo dejó de llamar. Pero lo que es peor: nunca le enseñó a vivir.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Anselmo, Cuero y Floreal Ruiz

El silencio de la noche se interrumpe por una breve queja. Parece el sonido de un vinilo húmedo de Floreal Ruiz. Pero no es más que el gemir angustioso de Cuero, el gato viejo de Anselmo. La tibieza de su cuerpo resguarda los pies de aquel pobre y triste nostálgico. Y mientras, sufre. El gato sufre. Quizá sea por ese sexto o séptimo sentido de los felinos. Quizá sea por eso que Cuero entiende por qué Anselmo no ha vuelto a sonreir.

martes, 18 de noviembre de 2014

"Aquel otoño", o "Cómo un gato viejo desenmascaró la falsedad del hombre"

"Un día habrá que ordenar ese viejo baúl apolillado", pensó Anselmo. Como el hombre que está sólo y espera, aguardaba sentado sobre los papeles amarillentos que dicen todo y no parecen decir nada. En eso estaba cuando la vio venir. La vio de reojo, a Nostalgia.

Anselmo se hace el sota con gran maestría. Está muy entrenado en ese infalible arte de seguir como si nada pasara. De vez en cuando, su avejentado gato gris -se llama Cuero- se impacienta al verlo inmutable, y se anima a empujar algún objeto desde la altura para que estalle contra el piso. Sólo ahí advierte la falsedad de Anselmo, que no logra controlar el espasmo de susto y sorpresa y por un instante tensiona todos los músculos de su cuerpo.

Esa tarde Cuero no estaba. Esa tarde de otoño de quién sabe cuándo. El frío del invierno dolía en las manos de los viejos. Llovía como en verano. Y el aroma de jazmines inundaba ese baldío abandonado que linda con la covacha polvorienta de Anselmo. 

Hacía más de un siglo que algunas de esas ventanas no se abrían. La madera ya se había fosilizado, y era todo parte de una misma pieza. Sin bisagras, sin cortinas ni vidrios flojos. Esa vez, Anselmo se animó a romper los cerrojos grises y se vistió de marrón. Asomó la nariz y despejó su mirada anquilosada hacia la calle. Repasó toda la cuadra, fijándose en cada detalle. Pudo haber estado días enteros antes de llegar con sus ojos a la esquina. Pero sólo tardó algunas horas en abarcar esos ochentaitantos metros que componen su cuadra. 

Vio el descampado y se convenció de que debía estar allí esa noche. Aunque más no fuera para permanecer. Para contemplar o ser contemplado. Y fue. Bajó las escaleras y disfrutó de cada crujido que la madera podrida gritaba a su paso. Llegó hasta la puerta y la desgarró como pudo. Pasó el umbral y sintió el aire frío que atacaba sus orejas. 

Ahí parado, inmóvil, seguía pensando. En su cabeza existe toda una dimensión de tiempo y espacio que nada tiene que ver con lo que transcurre ahí afuera. Nadie sabe cuánto tiempo estuvo quieto. Un afilador que pasó en bicicleta declaró que había pasado una semana antes y él ya estaba ahí. La vieja de al lado dice que en esa casa no vive ningún Anselmo.

Cuando se le agarrotaron las manos, volvió a entrar. Se envolvió en algo de lana y tomó el baúl por una de sus manijas de hierro del costado. Lo arrastró trabajosamente afuera. Era la primera vez que lo sacaba de ahí adentro. Ahora todos los papeles quedarían expuestos. Cuando llegó al baldío, quiso sentarse a escribir, pero ya no sentía los brazos. Tantos años de volcar cicatrices, propias y ajenas, dentro de ese viejo baúl apolillado, habían terminado por componer una historia.

Empujó un lápiz sin punta, dio vuelta una hoja que ya había sido escrita y escupió algunos garabatos. En eso estaba. Sentado sobre una montaña amarillenta de papeles. En eso estaba cuando la vio venir. Sin levantar la vista del papel donde creía estar escribiendo. Sin dejar de hacerse el sota. Separó los labios resecos, que tironearon un poco después de tantos años de estar cerrados. Casi sin inmutarse, atrapó una bocanada de aire que fue derecho al pecho, la dejó ir, y su voz crujió:

-¿Cómo es eso de mirarse al espejo y saber que ya no sos?

lunes, 17 de noviembre de 2014

Identità

Anselmo es en sí mismo una metáfora. Todos lo somos. Pero él lo sabe.
Sabe que forma parte de un todo, de un algo indescifrable cuya música es indeleble.

Aprendió palabras, de muy chico. Se obsesionó con ellas, e intentó entenderlas, estudiarlas, destruirlas y sintetizarlas otra vez. Pero nunca logró hacerlas suyas.

Nunca entendió por qué no siente todo aquello que lee y escribe, por qué todos esos papeles amarillentos que se mojan con la lluvia cada vez que busca la tormenta en su ventana no dicen nada verdaderamente de él.

Nunca entendió por qué todo eso que siente, todo eso que sufre y todo el dolor en que se regodea, todo eso que contempla con amor y paciencia, no tiene ningún nombre ni palabra que lo defina o que lo explique.

Anselmo es una metáfora.

Es una semilla que nunca va a germinar, un árbol viejo que ya murió. Es el viento seco que arrastra polvo y hojarasca. Es la lonja viva de un tambor que se calienta al fuego antes de salir a vibrar cuero en pleno carnaval. Es esa luz amarillenta que un farol porteño desparrama sobre los adoquines del barrio profundo de La Boca. Es el acorde de una guitarra en una milonga de hace un siglo.

Es el crujir en la madera de un bandoneón reparado una y mil veces y que sigue gimiendo tangos desde un banquito de plaza en pleno invierno. Es la sal que invade todo el embarcadero, en ese puertito olvidado de un caserío costero de la provincia de Buenos Aires. Es la pólvora y los residuos de metal que acarician la mano de algún asesino después de disparar su revólver. Es el maullido de un gato que se recuesta sobre una medianera a esperar que salga el sol.

Es la lágrima de ese purrete que siente que el mundo se acaba si no la vuelve a ver. Y es ese purrete también.

Todo eso. Todo eso y nada.
Todo eso y nada.
Nada.
Es Anselmito.
Y esa es su contradicción.

martes, 19 de agosto de 2014

Franco

Anselmo es Franco. Y Franco es Anselmo. En cada una de sus partes. En toda su inmensa pequeñez. En su sencillez, y en todas sus complejidades.

Franco quiere ser Anselmo, pero la vida no lo deja. No sé si se la hace más fácil o si se la complica más. Pero la vida no lo deja. Entonces, es Franco.

Sufre tanto como Anselmo. Quizás más. Cayéndose y volviéndose a levantar, insiste. Tozudo, terco, envejece el doble de lo que los rodean. Envejece aún más rápido que Anselmo, que nació viejo. Anselmo nunca podrá expresar esa sensación que empuja a Franco a escribir, y que Anselmo cree que todos sienten.

Anselmo no entenderá jamás ese vacío que a Franco le brota del pecho. Ese vacío que le dice que al fin y al cabo, estamos solos en la vida. Que no hay nadie que pueda estar tan cerca de su corazón como para susurrarle todas las mañanas que tiene que levantarse y seguir. Que nadie podrá nunca estar tan cerca de su corazón para hacerle creer que no está tan solo en esa gran batalla que es la libertad.

Esa tristeza inconmensurable que es saber que en el fondo, lo único que hay, es uno solo, con su ser.

Y esa tristeza también, es solo una más.

martes, 29 de julio de 2014

Potencia

Anselmo contempla el cielo negro y piensa. Repasa sus motivaciones de antaño. Cuestiona su desgano para con la vida. Reflexiona y deduce que algo de todo eso cambió. Que se diluyó su entusiasmo para pelear con algunos de esos molinos de viento. Que ya no cree que ese sea el método ideal para producir las transformaciones que desea.

Mira el cielo negro y no ve dónde está toda esa construcción. Sabe que lo que pensó que dejaría en pie corre peligro. Todavía es algo. Todavía es una idea. Todavía es potencia. Podría ser nada. Pero sabe que no habrá un legado. Que su obra aún no existe. Que el acto todavía está por nacer.

Y se pregunta si alguna vez existirá.

domingo, 29 de junio de 2014

De papel y de madera

El escritorio es de roble. Encima, papeles que Anselmo sabe que debe revisar. Allí descarga todo el peso acumulado de la jornada al final de cada día. Llega, abre su morral negro y empieza a sacar cosas: recortes de diarios, volantes que recibió en la calle, algún pedazo de afiche arrancado, bocetos de ideas gráficas, papelitos con anotaciones. Todo lo que deja para ver después, que durante el día va a parar al morral, llega a su casa y lo vuelca sobre el escritorio. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes. Sábado. A la pila se suma alguna camisa o remera usada, algunos fixtures del mundial sin estrenar, cuadernos, libros, una cámara de fotos, cables y hasta una pequeña radio portátil china muy berreta.

Cuando Anselmo llega en la madrugada del domingo, después de una noche de sábado muy larga, deja la billetera, las llaves, y vacía los bolsillos arriba de toda esa pila. Cuando despierta, evita dirigir la mirada para ese lado. Atraviesa la habitación como si todo eso no estuviera, lo niega. Vuelve, más tarde. Sabe que tiene que hacer todo lo que no hizo en la semana, y revisar todo eso que acumuló. Mira la pila de cosas. Empieza a separar. Lo que es del trabajo se acumula en una nueva pila, esta vez en el piso. Al lado, lo de la facultad. Al lado, todo el material político. Al lado, el descarte. Vuelve a acumular todo, pero al costado. El escritorio queda vacío.



Mientras ordena, Anselmo pone música. De vez en cuando interrumpe el proceso para tomar un mate, o para ordenar la ropa que se amontona también al costado de la cama, o los papeles de la mesa de luz. Es automático. Está concentrado en lo que hace, pero también hay un segundo escenario en su cabeza, donde reflexiona sobre los aspectos más profundos de su vitalidad. Se cuestiona si tiene un rumbo, si tiene objetivos. Se imagina cometiendo errores, proyectando futuro. Repasa lo que ha hecho, sus vergüenzas y arrepentimientos. Luego recuerda sus méritos, su orgullo. Se castiga. Se reprocha una y mil cosas. Se sienta en el escritorio, advierte que terminó de ordenar, y se propone empezar a trabajar. A revertir todo eso que lo disgusta.

Ya son las doce, habría que cenar y dormir. Mañana Anselmo trabaja desde temprano. Seguirá escuchando música. Comerá algo frugal y se acostará a dormir. Escuchando la radio, respondiendo mensajes o emails verá que son las dos de la mañana. Apagará la luz. No podrá dormir. Se le cruzarán cientos de ideas brillantes, de objetivos y de tareas a realizar al día siguiente y durante la semana. Se va a levantar para anotarlas y no olvidar. El papelito quedará arriba del escritorio vacío. 

Mañana, cuando vuelva del trabajo y de yirar por Buenos Aires, vaciará su morral arriba de ese papel. Quedará sepultado por el lunes. Después vendrán las paladas de tierra del martes, miércoles, jueves y viernes. El sábado será el entierro definitivo de sus ilusiones. El domingo serán descartadas, entre tantas otras cuestiones sin importancia. 

Anselmo se seguirá levantando a la mañana, de lunes a sábados. Esa, al menos, es una de sus ilusiones.-

martes, 27 de mayo de 2014

Pavura

Anselmo se inclina hacia adelante y agacha la cabeza. Sobre la espalda desnuda se suicidan las gotas de agua hirviendo que se lanzan desde lo alto del inmenso manto negro que lo recubre. Por el cuello se deslizan las lágrimas del cielo, satisfechas de intentar torturarlo. No saben que lo calman, que liberan sus muecas de dolor y lo redimen. Los poros escupen miseria y vergüenza, la escoria que no volverá. Su pelo se desvanece y se avejenta al pensar. Su mente no sólo tiene memoria. Su cráneo alberga algo más que esas canas grisáceas.

Pocas veces el recuerdo lo somete al llanto. Lastimoso, se retuerce en la culpa para poder sufrir. Es su pesar profundo el que transformó a la muerte. No habrá forma de transformar su pecho glorioso en cruda pena traicionera. El cuore rebota contra el pecho una y otra vez. Se le escapa queriendo partir sin rumbo. Las costillas no alcanzan a contener tanto dolor inyectado en su sangre. Las venas estallan sintiendo el pavor. Pavura ansiosa, incontenida.

Su cuello se encoge y resurge el dolor. Las rodillas se quiebran. Su cuerpo reducido e inerte parece un solo miembro a simple vista. No hay ojos, ni lengua, ni orejas. Las lágrimas se desvanecen en todo su interior. Es su inercia, es su culpa que lo encierra.

Extraña. Anselmo extraña. Lamenta saber que recordará siempre a aquel que no cedió ante la culpa. Le da miedo olvidar. Pero otra es su inquietud. Otro es el fantasma que no lo deja dormir. Su verdadera angustia es saber que aquel que se fue jamás lo recordará a él como quien siguió sus pasos.


viernes, 17 de enero de 2014

Contracción (ruidos diversos hay en la noche)

El hombre se calló la boca. Hizo silencio. Pasaron años y sólo leía y contemplaba. Su silencio, cada vez más atronador, era el lastimoso gesto de dolor que no transmitían sus manos al apretar los lomos de esos libros. Voraz, acababa con cada página sin el más mínimo descanso. En el reflejo de sus ojos se podía ver la resignación hecha carne y fuego. En su iris estaba esa lágrima fundida que seguía amordazada y encadenada a su memoria. Sus carceleros, esas cicatrices de tanza no permitían que se escurriera por su mejilla, resquebrajada y seca.

Arremangada, esperaba sentada en su cama. No sabía qué. Pero hacía años que esperaba, observando detenidamente sus dedos, como si de allí pudieran brotar raíces de fulgor. Esa fuerza que le oprimía el pecho llevaba sus latidos hasta la vista. Los ojos, inyectados en sangre, latían al ritmo revolucionario de su corazón. Cada latido era un fogonazo de su fusil imaginario. Algo de ella percibía la vida y la muerte de su habitación. No sabía ella qué era lo que esperaba. Tampoco sabía que las paredes que la rodeaban habían sido regadas de sangre, en la ejecución de aquellos hombres y mujeres que gemían como calandrias ante la tortura, sin resignarse a sentir el amor.

Él lo sabía, pero callaba su dolor y se obligaba a soportarlo, desgarrador y cobarde. Ella percibía la fuerza de esas manos tensas y retorcidas, esas que resistían la picana y el azote, inmersas en agua mugrienta, sangre, sudor y lágrimas. Los músculos contraídos, tirantes y violentos le oprimían las sienes. Esa fuerza arrancaba su propio pellejo y salía por sus poros, en su respiración apasionada, y volvía a entrar a su cuerpo, recorriendo todo su pecho y atropellando su torrente sanguíneo hasta querer salir.

Esa sangre de lucha jamás hubiera soportado vivir encerrada.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Hoy está solo, mi corazón.

En ese silencio está ella. En ese instante en que dejo a mis ojos buscar el lugar más lúgubre para reposar la vista. En ese fugaz momento en que la mirada se pierde sin saber adónde, esa milésima de segundo en la que no recordaré qué fue lo que buscó mi pensamiento. Ahí está ella, siempre, persiguiéndome.

Al recuperar la conciencia podré notarlo. En esos momentos en que mi mente viaja, la verdad se halla en otra dimensión. Y en esa otra inmensa realidad del alma, lo único que existe es ella, con su cuerpo, con su alma. Con su silueta, en las sombras. Con su mueca risueña, en la oscuridad. Con su fingida pero impenetrable fortaleza para poder arrancar de cuajo las ilusiones.

No importa qué desee. Siempre dirá que no. Sea un beso. Sea su cuerpo. Sea tan sólo la plácida tranquilidad de saber que en su interior hay algo parecido a lo mío, entre tanta tripa y corazón. Dirá que no pero no dejaré de pensar que existe la preciada certeza de que hay algo. Algo que a pesar de que jamás se encarnará en sus ojos, ni en sus manos, ni en sus piernas, arrastra a su mente a pensar en algo mío.

Existe allí, lejanamente, tan sólo la minúscula sensación de que le importo. De que al menos posará en mí su conciencia, algunos instantes, cuando ya nada mío exista sobre la faz de esta tierra.

 

En vano yo alentaba 
febril una esperanza. 

Clavó en mi carne viva 
sus garras el dolor; 
y mientras en las calles 
en loca algarabía 
el carnaval del mundo 
gozaba y se reía, 
burlándose el destino 
me robó su amor. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

La patria es el otro

No es casual que el cielo derrame sus lágrimas, caprichoso, cuando volvemos a levantar las banderas de los militantes de ayer y hoy, también los de mañana. No en vano decidimos integrarnos a un colectivo que no tiene héroes, próceres o mártires, sino protagonistas de la historia y de la lucha, compañeros que dieron su vida por una patria más justa, por los descamisados, los que fueron condenados a la marginalidad por un minúsculo grano de pus, en medio de una humanidad tan heterogénea.

El fuego no puede sino recordarnos las quemaduras de aquellos que dieron su cuerpo, las llamas protegen ese espíritu que los llevó a la vida eterna. Las lágrimas no pueden sino evocarnos el sufrimiento de callar, ante la interrogación siniestra de una inquisición política. La sangre no puede sino reafirmarnos en la certeza profunda del compromiso real por el otro. El otro que no es ajeno a uno mismo. Porque cuando se ama, no se puede sino amar a otro. Cuando se sufre, no se puede sino sufrir por otro. Nada seríamos, nada haríamos, nada querríamos hacer, sin la inevitable emoción por el otro. Por qué dejarlo de lado ahora, justo ahora, cuando debemos decidir por el destino de un pueblo que lo tiene no como participante, sino como mismísimo protagonista.

Somos el otro. Somos ese que nunca debió ser marginado. Somos la sangre de los caídos, la carne desgarrada del torturado. Somos el frío de los huesos del descamisado, y el sudor de la frente del peón explotado. Somos el fuego, el agua, el aire y la tierra. Somos la vida, el amor, la tristeza y la alegría. No somos miedo. No somos uno. No somos odio ni represión. No somos mierda ni hipocresía. Somos la organización del pueblo, somos el pueblo organizado. Somos la militancia que nunca cesa, la transformación pendiente. Somos ayer, somos hoy, somos mañana. Fuimos ayer, seremos siempre. La patria es eso. La patria es el otro.

El agua alivia, pero condena. No salva al pobre ni al marginado, porque lo arrastra y lo desguarnece. Diluye el odio, desangra el alma. Desata nudos y arrumba puentes. Inunda camas y abre las puertas de allí, de ese lugar tan cercano, pero tan distante. En el agua de lluvia se confunden las lágrimas de los que, insomnes, rehusamos refugiarnos bajo un techo. Los que, indignos y avergonzados, nos ponemos a la par de aquel otro que desea poder elegir. En el agua se apagan los fuegos del odio, pero nunca se acallará nuestro espíritu.

domingo, 30 de junio de 2013

Gracias, compañero.

Hay presencias que son tan fuertes, tan potentes y reales, que en los momentos en que uno quisiera poder verlas no necesitan corporizarse para demostrar que están ahí. Son quienes envían su emoción desde dondequiera que estén, para que a uno no se le olvide que siguen pendientes de lo que nos pasa, porque no abandonan, porque estuvieron siempre y lo estarán. Porque a veces hasta se permiten confiar un consejo, hacer oir su voz, mostrarse en el rostro de algún otro. Un anónimo en el subte, en el colectivo o en la calle, que por un segundo, o menos, se convierten en quien dio la vida por la patria, el que dio la vida por el otro. Porque la patria y el otro son lo mismo.

Dar el ejemplo fue la premisa de todos ellos, en este caso de uno, que estuvo tan presente en estos días, y no me imagino lo que lo va a estar en los próximos meses. De ese compañero aprendí mucho. Pero sobre todo aprendí a asimilar una gran lección, una enorme filosofía que me marcó a fuego (hasta en la piel) y que espero ser digno para poder honrar. Me enseñó que hay solo dos opciones para elegir en la vida, y él eligió una para consagrar su alma en la lucha revolucionaria: libres o muertos, pero jamás esclavos.

Que se levanten todos!

martes, 4 de junio de 2013

Pupila profunda.

Son los labios. Lo que lo vuelve loco son sus labios. Los labios, la piel, la voz y el pelo. Lo vuelve loco esa piel, el color casi moreno, pero tez clara al fin. Suave pero curtida, piel sensible. Le gusta esa piel, pero no puede tocarla. Quizá nunca la haya sentido. ¿Cómo puede estar seguro de esa textura? La voz tenue, segura pero quebradiza. Femenina. Seductora. Cuando habla, sus palabras parece que la desnudaran. No puede evitarlo. Sólo puede seducir. "Quizá elige las palabras", piensa. Como si tuviera esa intención, al hablar distrae. No importa de lo que hable. El pelo negro, largo y lacio. Pelo azabache de femme fatal. Común, pero hermoso, de morocha argentina.

La pera. Siente la yema de su pulgar acariciando esa curva minúscula, perfecta. Se imagina cerca, cara a cara, a centímetros, sintiendo su aliento. Los otros cuatro dedos arrastrándose sedosamente en la mejilla. A ella se le escapa una mueca risueña. Se le hacen pocitos en el cachete. Sube la mirada a sus ojos. Se la encuentra, en esa inmensidad marrón oscura. Jamás podrá penetrar ese punto negro donde se esconde su alma. Pupila. Jamás sabrá lo que pasa allí dentro. Profunda. Jamás la conocerá bien.

La mano izquierda. Aparece ella, viva. Lo acaricia. Se deshace. Él escucha dos palabras, en voz baja. Casi inaudibles. Quebradas. “Te amo”. Muere por creerle, pero no. Eso lo distancia. Él se pone a su merced, ido en sinceridad. Responde igual. Su tono refleja la entrega. Le tiembla el pulso. Gira la mano. Esta vez la acaricia con el revés, quizá más sensible aun. Entrecierra la mano, suavemente. Arrastra sólo el revés de las falanges. Ella cierra los ojos, lentamente. Anselmo despierta.


Va al escritorio, prende una vela, toma la pluma y escribe. Al terminar, piensa en meter la hoja en un sobre, en echarlo en su buzón. “No”, se siente violentado. Sufre. Si hubiera una cartelera, quizá, un lugar público donde pudiera exhibirlo... Anselmo va y la arroja al baúl. Un viejo baúl apolillado. Sabe que ella jamás la va a leer, pero la guarda en vez de quemarla. Muy en el fondo guarda alguna esperanza. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Ni las peores tormentas podrán aplacar nuestras furibundas ansias de seguir viviendo.